Cuaresma 2.0

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Es curioso, los seres humanos tenemos la particularidad de medir el tiempo en forma exacta. 60 segundos hacen un minuto; 60 minutos hacen una hora; 24 horas un día y 7 días una semana; 52 semanas completan un año, que es el tiempo que tarda la tierra en completar la vuelta al sol, que si queremos ponerlo en distancia recorrida, deberíamos pensar en unos 930 millones de kilómetros. Y con esta relación es que definimos la vida, no importa de quién sea, da lo mismo decir que he vivido 41 000 millones de kilómetros recorridos por la tierra alrededor del sol o 44 vueltas alrededor del mismo. La cuestión es que somos muy precisos, tanto que los cursos de historia se preocupan más por recordar las fechas de los distintos eventos que por entenderlos.

Pero, ¿qué tiene que ver lo que acabo de decir con la Cuaresma? Todos saben que la Cuaresma cambia de fecha cada año. La Navidad es siempre 25 de diciembre, el Año Nuevo es 31 de diciembre y la Independencia se celebra siempre el 15 de septiembre. Si todo es fijo, ¿por qué la Cuaresma cambia de fecha? Esto ocurre porque a diferencia de toda la exactitud que tenemos en el resto de fechas, aquí se toma como referencia la estación climática del hemisferio norte y la luna. Pero para marcar la Semana Santa y el inicio de la Cuaresma se debe buscar el primer domingo inmediato a la primera luna llena luego del inicio de la primavera (que sería el Domingo de Resurrección) y contar 40 días previos para marcar lo que conocemos como Miércoles de Ceniza y por eso, como la vuelta de la luna alrededor de la tierra es independiente de la vuelta de la tierra alrededor del sol, la fecha cambia. Es algo parecido a esa costumbre que tenemos de medir la distancia con el sistema métrico decimal en metros o kilómetros, pero al ir al mercado pedimos en libras o al pensar en consumo de combustible lo hacemos en galones.

Esta complejidad es interesante para analizar cómo hemos creado todo un sistema de medición del tiempo a partir del recorrido de la tierra alrededor del sol, pero para marcar la fecha más importante de la Cristiandad, obviamos siglos de estudios, contemplaciones y mediciones, y nos vamos a algo distinto. Y es así que quizás esos cambios de medición solo son representativos del cambio de conceptos que tenemos sobre nosotros mismos. La Cuaresma es época de recogimiento y meditación, por ello quiero plantear esta pregunta: si Cristo estuviera en este momento en Guatemala, en vez de hace dos mil años en Israel, ¿el papel de quién nos correspondería desempeñar? No me imagino a Cristo entrando a Guatemala por el puente Belice siendo recibido con flores por la Junta Directiva de la Cámara de Industria. Tampoco me imagino a Cristo sacando a los vendedores ambulantes de la Sexta Avenida, ni predicando en el lujoso templo de Casa de Dios. Mucho menos puedo imaginarme contar entre sus seguidores a miembros de los Rotarios o a los líderes del año de la Cámara de la Libre Empresa, teniendo su Última Cena en algún restaurante de Cayalá. Solo hay dos cosas que sí podría imaginarme. La primera es a Jimmy Morales en el balcón del Palacio Nacional, rodeado del Consejo de Ministros en su totalidad, acompañados de los dignos diputados y honorables empresarios del CACIF preguntándole al pueblo si este hombre que el último domingo entró a la capital por la Ruta al Atlántico debe ser crucificado o dejado en libertad, y me veo a mí y a mis amigos en medio de la plaza gritando “¡Pena de muerte a los mareros!”, “¡Crucifíquenlo que los derechos humanos solo protegen a los delincuentes!”, “¡Esos peludos solo vienen a dividir, lo que Guatemala necesita es unidad!”. La segunda es a Cristo crucificado en el Campo Marte y con transmisión en vivo por los canales nacionales.

Y ya con esto, pregunto: si la primera venida de Cristo fuese ahora, a Guatemala y no hace 2000 años, ¿qué papel desempeñarías en los últimos 5 días de vida de Cristo? ¿Seríamos tan hipócritas de negar la realidad de lo que somos así como cambiamos la forma exacta de medir el tiempo entre cada Cuaresma?

Amar al prójimo…


Escrito por Heini Villela Schneebeli

Desde segundo de primaria hasta quinto bachillerato estudié en un colegio católico. Quizás una de las enseñanzas que más repetían era la frase aquella de amar al prójimo como a uno mismo. Y bueno, cuando se es niño, esa frase suena bastante lógica, más cuando aún se mantiene la inocencia y la ignorancia. ¿Cómo no amar al prójimo mientras no afecte ese mundo ideal en el que vivíamos?

Recuerdo que en la colonia donde vivía éramos seis amigos. Dos de ellos eran mis vecinos inmediatos, uno de ellos gringo, cuyos padres trabajaban en la embajada de los EE. UU. y que cada domingo sin falta asistían al servicio religioso de la Union Church. El otro, hijo de una típica familia de clase media de aquella época, donde el padre era un profesional y la madre una ama de casa abnegada, y a quien nunca le faltó tener los mejores juguetes de moda. A dos cuadras vivía el tercer amigo. Hasta ahora caigo en cuenta de que nunca entendí cómo se conformaba su familia. Nunca conocí a su mamá (no sé si había muerto, o nunca salía), tampoco entré alguna vez a su casa, sólo recuerdo que tenía un perro Gran Danés negro a quien yo consideraba, en aquel entonces, tan grande como un caballo. Entendía que su papá era mecánico o trabajaba en cosas de carros. Los otros dos amigos vivían a apenas cuadra y media de mi casa, pero fuera de la colonia, en una pequeña casa de lámina. Los había conocido porque eran precisamente los hijos de la señora que nos vendía las tortillas.

Cuando iniciaban las vacaciones nos juntábamos desde temprano a jugar cincos, hacer guerras con bombas de agua o montar triciclo en un primer instante y luego bicicleta. Era raro, pero no jugábamos fútbol. A veces, en los terrenos baldíos que poblaban la colonia, nos juntábamos llevando carritos Hot Wheels que compartíamos entre todos y hacíamos mega carreteras, cada quien agregando algo nuevo al diseño. Vaya si no construimos grandes ciudades, que entre los seis administrábamos eficientemente. Ahora que lo pienso, desde entonces manifestábamos esa necesidad de construir un mundo ideal, que sólo se terminaba cuando llegaba el mediodía y los dos hijos de la señora que hacía las tortillas debían ir a repartirlas. Muchas veces íbamos los seis a hacerlo.

Por las tardes, si no salíamos a caminar por el barranco que quedaba a un lado de la colonia, nos la pasábamos jugando en la casa de cualquiera de nosotros, menos en la del amigo del Gran Danés. Así vivíamos nuestro pequeño mundo que construimos entre los seis y, al menos yo, era feliz.

Con esa realidad, ¿cómo no iba a ser fácil poner en práctica lo de amar al prójimo, como a uno mismo?

Pero en aquellos mismos días el país estaba enfrascado en una guerra civil, aunque el gobierno nunca tuvo el valor de llamarle así, sino que prefería denominarlo irónicamente conflicto armado interno. Una gran mayoría de familias se separaron porque alguno de sus miembros participaron en uno u otro bando. Otras familias perdieron a miembros y tuvieron que migrar de sus lugares de vivienda habituales al ser perseguidos. La realidad de Guatemala era tenebrosa, una realidad que perduró por muchos años y que aún hoy, en otro contexto, queda la duda de si ha sufrido algún cambio de fondo.

Amar al prójimo… fue una frase que escuché repetidas veces y aún hoy resuena a cada tanto. Pero conforme fui entendiendo la realidad que se vivía en el país (presencié tres secuestros y un asesinato, vi los cuerpos mutilados de cinco estudiantes universitarios y un enfrentamiento armado entre fuerzas del gobierno y guerrilleros), nunca vi que hubiera molestia de poner en práctica la frase. Aún hoy, cuando hay juicios como el caso por genocidio o Sepur Zarco, aquellos que vivieron la guerra en sus burbujas como la que yo tenía en mi infancia son incapaces de verse reflejados en esas personas que fueron víctimas.

Aún tan cerca, a sólo cuadra y media, mi burbuja, mi vida, era totalmente diferente a la vida de los hijos de la señora de las tortillas. Yo recuerdo una niñez placentera, momentos que se han repetido a lo largo de mi vida, aún teniendo problemas de vez en cuando, pero nadie me robó la infancia. Convivimos durante tres años, pero al final el grupo se separó. Primero, el amigo gringo regresó a los EE. UU. con su familia. Meses después, los hijos de la señora de las tortillas tuvieron que empezar a trabajar a tiempo completo y era difícil que nos encontráramos cualquier día. Con el tiempo, el contacto se hizo aún más difícil, cuando la junta de vecinos de la colonia decidió que había que poner un muro perimetral por seguridad. A veces nos brincábamos la pared y nos poníamos a jugar. Yo no entendía por qué tenían que trabajar, pero lo miraba como si fuera un juego (seguramente ellos no). Así, perdimos la diversidad del grupo. El amigo del gran danés también se fue con el papá en calidad de aprendiz de día y estudiante por las noches. Quedamos mi vecino y yo, así que hicimos nuevos amigos, pero ya nunca fue igual. Ellos, los dos niños que pasaron de ser mis amigos a ser los niños al otro lado del muro, terminaron su infancia cuando yo apenas empezaba la mía.

Por eso creo que tengo la necesidad de contar esta historia, porque aunque pretenda no ser religioso, quizás recordando las oportunidades que tuve y que ellos no tuvieron sea una forma de manifestar ese amor por el prójimo al tener hoy la capacidad de ver mi vida reflejada en la vida de ellos, e imaginar cómo mi vida habría cambiado si hubiese nacido a 150 metros de donde vivía.

Así, sin conocer a las víctimas del Triángulo Ixil o de Sepur Zarco, mi forma de cumplir con esa frase que tanto escuché repetir, es entender que mi familia pudo ser una de las familias desplazadas o masacradas: ¿Qué sería de mí si hubiera vivido en otras circunstancias?

El sólo pensar que esas mujeres esclavizadas y violadas hubieran podido ser mi madre o mis hermanas, víctimas de un grupo de hombres que tenían poder, porque supuestamente estaban ahí para protegerlas… ¡Vaya contradicción!

Por eso, cuando veo a buenos amigos comentar despectivamente sobre las víctimas, diciendo que sólo buscan dinero con los juicios, lamento que no recuerden ese amar al prójimo, como a uno mismo, porque quizás la idea requiere menos esfuerzo del necesario y pueda bastar con ser capaz de ponerse en el lugar de esas personas y entender la realidad que vivieron. Al ser capaces de hacerlo, con seguridad, esos casos se podrán ver y entender en su realidad y contexto, garantizando que no vuelvan a ocurrir.

No supe más de mis amigos. Quizás si buscara en facebook podría encontrar a un par de ellos, pero mientras tanto sólo me queda agradecer a la vida que mi primer grupo de amigos fueron muy buenos y diversos.

Y a ellos, a Lalo, Steve, Rolando, Rodolfo y Calín, mi recuerdo y el deseo de que, sin importar dónde se encuentren, les esté yendo muy bien.

Símbolos patrios

imageEscrito por Heini Villela Schneebeli

En Guatemala siempre ocurren cosas curiosas. Por ejemplo el cuestionamiento de Rodrigo Arenas, dirigente del MCN, al diputado Amílcar Pop por no cantar el himno nacional. Curioso, digo, porque quizás lo más notable del día era el retraso de cerca de cuatro horas de la ceremonia de Cambio del Mando Presidencial. No importa hacer esperar al pueblo en general (si es que estaba interesado en dicho evento), no importa tampoco la falta de seriedad hacia los invitados, tampoco importa que el retraso se debía a negociaciones para elegir la Junta Directiva del Congreso (de acuerdo a medios, estas negociaciones incluían ofrecimientos de puestos y dinero, bien fiel a la tradición de nuestros corruptos partidos políticos); lo notable para Rodrigo Arenas es que el Diputado Pop no cantó el himno.

Esta situación hizo cuestionarme si nuestros símbolos patrios realmente nos representan. La respuesta que he encontrado, es que quizás hay solo dos cosas que podríamos decir que representan a la gran mayoría de guatemaltecos: las varillas de hierro que sobresalen de los techos de concreto y la bolsa plástica negra. ¿Por qué? Bueno, primero están en todos lados. Si uno va a un pueblo, o a cualquier barrio de cualquier ciudad y levanta la vista, seguro encuentra ambos. Las varillas de hierro, representando la fe y esperanza de un pueblo por un futuro mejor que nunca llega. Algún día se agrandará la casa, aunque la única posibilidad de que ello ocurra es la partida de algún miembro de la familia hacia Estados Unidos, esto es, habrá otro piso, y el sueño se cumplirá, pero con el precio de la ausencia de alguien. Con la bolsa plástica, la situación se vuelve más simple aún, porque, o las encuentra uno volando por cualquier brisa que las eleva al cielo, o basta con bajar la vista para encontrarlas tiradas en el suelo. Recuerdo que cuando era niño e iba a la tienda, yo debía llevar la bolsa. Pero luego se popularizó la bolsa negra. Y al final entendí que para cualquier persona, por muy pobre que sea, el salir de una tienda con una bolsa en la mano, aunque lo único que lleve dentro sea un jabón de bola y dos chicles, da la sensación de poder de compra. No es lo mismo llevar el jabón de bola en la mano a llevarlo dentro de la bolsa negra. Uno siente que aunque sea pobre algo puede comprar, y que además ese algo requiere de bolsa porque vale. Viene a ser algo así como un Santa Claus de centro comercial que a lado del sillón en el que se sienta para las fotos tiene el saco con los regalos. Sabemos que los regalos son cajas vacías, pero verlo lleno ilusiona a los niños… ¿Qué sería de los niños si lo único que hubiera a lado fuese una pequeña caja?

Y así, a partir de ahora, no tomaré al quetzal, que nunca he visto además, como símbolo, cuando la verdadera libertad de consumo en nuestro país la representa más plenamente la bolsita negra de plástico. Tampoco me preocuparé de que si alguien canta o no el himno nacional, cuando a la verdadera fe en este país la representan esos miles de techos fundidos con varillas saliendo para construir un segundo piso que probablemente nunca verán.

La protesta y la hazaña

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Todo inicia el sábado 25 de abril. La plaza se empieza a llenar. Mucha gente que nunca en su vida había salido a protestar, ese día llegó con una sonrisa. Cuando fui ese primer día, recuerdo haber conocido a Jorge, un vendedor de ropa que iba caminando por la sexta avenida con dos maniquís sobre la espalda para que los compradores pudiesen apreciar las prendas con mayor plenitud. Más adelante, Silvia, una niña de 11 años que vendía dulces, chicles y cigarros desde hacía tres años. Ya casi llegando a la plaza conocí a Manuela, estudiante de Farmacia de la USAC que combinaba sus estudios con diversos trabajos para poder mantenerse. Ya en el parque me encuentro a un conocido, Raúl, a quien recuerdo de la época de universidad por ser amigo de un amigo pero que desde siempre trabaja duro en la industria de ropa. Y así se fue repitiendo por semanas, luego meses. Cambiaban los rostros y los nombres, pero la protesta seguía siendo la misma. Dejando de lado a quienes iban a la plaza como vendedores, aquellos que íbamos a protestar compartíamos un mismo fin: acabar con la corrupción en Guatemala. Tomó unas semanas para que renunciara Baldetti, la Vice que con sus acciones, declaraciones y actitudes, representaba el cinismo del corrupto que mientras se llenaba los bolsillos, justificaba la limpieza de lagos con aguas mágicas que solo ella conocía. Y tomó un poco más de tiempo, pero también se logró la renuncia de Otto Pérez, el hipócrita militar que siempre se presentó como nacionalista pero que al final demostró que la única forma en que vio a la nación fue siempre como un negocio.

Simultáneamente surgió el #NoTeToca, donde Manuel Baldizón, el doctor, era visto como todo el mal del sistema encapsulado en una sola persona. Algunos pedíamos que no hubiera elecciones, porque las reglas no eran justas y que además ni siquiera se cumplían. Otros decían que sí debía haber elecciones porque esas eran las reglas de la democracia y que al no participar, solo se dejaba la decisión de quien gobierna en manos de los que venden su voto. Al final hubo elecciones y el mal, el doctor, estaba fuera. Y muchos celebraron, la plaza dejó de llenarse, dejamos de protestar y las discusiones políticas se volvieron a centrar en lo de siempre: si Sandra era peligrosa por comunista o si Jimmy era malo por militarista. Pero algo quedo repitiéndose en la televisión, en los diarios y en la radio: Guatemala había cumplido una hazaña. Y cada vez que escuchaba o leía eso, no me quedaba más que recordar a Jorge, que con apenas 26 años debe darle de comer a sus dos hijos, y que aunque no le alcance con la venta de ropa, no tiene alternativa porque es en lo único que encontró trabajo; a Silvia, que solo cursó el primer grado porque luego debió ayudar a su madre con sus ocupaciones y cuando estuvo un poco más grande le tocó la venta ambulante; a Manuela, que pasará unos años más agotada entre la combinación de sus estudios y el trabajo, y que cuando se gradúe no encontrará empleo al cual dedicarse; y por supuesto, a Raúl, que cada día debe luchar contra un mercado reprimido, compuesto por gente pobre, donde él mismo, a duras penas, logra mantener subsistiendo su negocio.

Pienso: que renuncien dos ladrones y vayan a la cárcel es lo esperado en cualquier sociedad que se respeta a sí misma. La protesta parece haber terminado, pero la hazaña, esa es la que viven cada día Jorge, Silvia, Manuela y Raúl junto a millones de guatemaltecos. Y de ellos no se habla, porque ya olvidamos que la verdadera hazaña en Guatemala es subsistir, sin importar quién seas o dónde te encuentres.

¿Y ahora qué?

                                                                                                                                    Escrito por Heini Villela Schneebeli

Ha pasado ya la jornada de protesta.  Las redes sociales se han llenado de fotografías de la gente que participó.  Muchos que nunca habían manifestado, lo hacían por primera vez. Fue notoria la capacidad de organización y movilización de grupos como los estudiantes de la San Carlos.  Pero fue agradable ver a otros grupos, sin la misma experiencia de lucha, haciendo lo propio, expresándose y sintiendo por un momento el ejercicio de la libertad. En general, los que protestamos pertenecemos a una clase media urbana, que en su mayoría nunca ha tomado este tipo de acciones para expresarse y aquí estuvo lo novedoso.

El comentario más repetido de satisfacción fue que en la manifestación no hubo distinción de clases ni ideologías.  Nos sentimos uno solo, quizás como esos momentos en que la selección de fútbol aún no ha perdido un solo juego y se tiene toda la esperanza de poder clasificar para el mundial.  Solo que en la tarde del sábado se sintió un poco más, la esperanza no era por la clasificación, sino que era por poder derrumbar las paredes que nos dividen, darnos cuenta de que nuestras similitudes superan por mucho nuestras diferencias.  Esa tarde también se celebró la fe, aquella que nos dice que sí puede haber un futuro mejor, que sí lo podemos construir, que somos capaces.  

Pero esa tarde ya quedó en el pasado. La emoción se irá transformando en incertidumbre ante el resultado que vaya a obtener esa manifestación en los próximos días. Si nada cambia, los sentimientos de fe y esperanza serán sustituidos por frustración y desencanto. Pero es ahí donde debemos detenernos y pensar que no podemos aceptar que también nos vayan a robar esto: nuestra dignidad.  Algo podemos sacar de este día, y es el empezar a vernos de forma distinta. Darnos cuenta de que por años nos han enseñado a tratar como criminales a aquellos que protestan.  Los hemos visto como los otros, los enemigos, los terroristas.  Aprender a compartir con ellos ese sentimiento de impotencia ante un sistema que no da justicia, más que para aquel que la pueda pagar.  Compartir esa frustración de ser ignorado por el sistema mientras se lucha por la vida.  Ayer nadie arriesgó su vida, como sí ocurre en San José del Golfo, Jalapa, San Juan Sacatepéquez o Huehuetenango.  Este es el momento de tener la empatía para entender las realidades de esas comunidades y darnos cuenta de que tenemos más en común con ellos. Que sus protestas son también nuestras protestas. 

Nuestra lucha estos días es contra la corrupción y el robo de las oportunidades de una mejor vida.  Hoy son Pérez Molina y Baldetti quienes representan el rostro de ese sistema corrupto, pero todos sabemos que no empezó con ellos.  Así, deberíamos entender que las comunidades que hemos considerado “terroristas” tienen su lucha contra un sistema que les robó el futuro hace mucho tiempo, y su oposición a las minas, hidroeléctricas o cementeras es porque representa ese rostro ante ellos.  Ese mismo sistema que ha mantenido en la impunidad a quienes han saqueado este país.

En conclusión, no sabemos cuál será el resultado de  la manifestación del sábado 25, quizás nos tocará salir muchos días más a protestar.  A lo mejor se podrá instaurar un horario de sartenazos, pitos y gorgoritos.  O un minuto de silencio donde se detenga toda actividad, incluido el tráfico. No lo sé. Esto no deberá parar acá. Pero para mientras hay una semilla que, si lo permitimos, habrá germinado el 25 de abril, y es el entender la lucha de los otros, la de los más olvidados, como nuestra propia lucha.  Y ahí sí, que se sepa de una buena vez, que quizás no se llegue a capturar a los verdaderos cabecillas de La Línea, ni acabar con la corrupción, pero esta crisis habrá marcado el inicio del entendimiento entre diferentes sectores de nuestra sociedad y la claridad de que el enemigo no es un campesino, un maestro o un empresario, sino un sistema corrupto que le ha robado las oportunidades a ese campesino, a ese maestro y a ese empresario.

Libertad

Escrito por Verónica Servent Palmieri

Desde que nacemos, no pasa ni un mes sin que nuestros padres nos pongan nuestra primera etiqueta de rigor, aquella que nos da acceso al registro civil (que nos permite pertenecer a una sociedad determinada). Esta pertenencia desde el nacimiento, nos compromete y nos da derechos (si no estás registrado no existes aunque respires, es así de “simple”), asignándonos un nombre y convirtiéndonos en un número que sin él, no somos nadie en esta sociedad…. La etiqueta del “nombre” es el primer paso a nuestra identidad y posición en nuestra constelación familiar… Vaya responsabilidad de los padres al momento de elegir nuestros nombres, porque a esto sumemos que cada nombre tiene su significado y características de personalidad (o sea que ya no solo corresponde a lo genético, a lo psicológico y al ambiente y condiciones de vida), sino que ahora resulta que el nombre también salpica sobre nuestra forma de ser….

Después vamos creciendo puros e inocentes con un instinto nato de sobrevivencia y un deseo de descubrir, explorar y sentir. Y nuestros padres con todo el amor que tengan y lo que hayan aprendido en su carrera de vida, tratan de transmitirnos su poca o mucha sabiduría, utilizando un inventario de recursos: amor, apoyo, manutención, guía y una tendencia constante y exagerada, de varios “no” (no hagas eso; no toques aquello; no llores; no grites; no, te dije ¡ya!, etc.). A ello se le agrega un sin fin de “deberías” (deberías ser más educado; deberías hacer las cosas cuando te las pido; deberías poner más atención; deberías ser más tranquilo…). Nuestros padres y hermanos van estableciendo el papel que jugamos en nuestro primer grupo al que pertenecemos: nuestra familia. Estudios empíricos han mostrado que cuando a las personas se les coloca arbitrariamente en unos roles, comienzan a actuar de acuerdo con los mismos. Y así nos vamos formando entre amor y condicionamiento, logrando como resultado la limitación de nuestra espontaneidad con el único fin de hacernos funcionales en esta sociedad, donde curiosamente, el más normal pareciera ser el más reprimido y no el más sano emocionalmente.

Empezamos a estudiar (los que tenemos la oportunidad de hacerlo, ya que aunque nos repiten que es un derecho, en la práctica resulta ser mas una oportunidad para quienes puedan pagarlo y/o tengan acceso a este privilegio, sin ser esto, una garantía de buena enseñanza) y allí, en la escuela o colegio, es donde se formaliza el aprendizaje diciéndonos que debemos de pensar, como debemos comportarnos y que debemos ser. A esta etapa le sigue otro conjunto de etiquetas impuestas por nuestro grupo de amigos (que transmiten el conocimiento adquirido en sus casas como un archivo heredado, lleno de juicios y prejuicios que son tomados como una verdad absoluta, donde más que convicción, es adoptado sin riguroso proceso de cuestionamiento, como parte de nuestra identidad) y las maestras que se pintan solas para descubrir y hacerle saber a sus alumnos, quien es el haragán de la clase, el chingón y el clásico intelectual o matadito… Estas etiquetas son las pinceladas que van coloreando el cuadro de lo que somos y como nos vemos. Así, sin que nosotros nos demos cuenta, nos va marcando nuestro paso por la vida.

Entramos a la adolescencia, época de rebeldía, donde tenemos destellos de una lucha por encontrar nuestra propia identidad. Se experimenta un incremento en la autosuficiencia, sin dejar por completo la dependencia de nuestros padres, viviendo todo esto entre ansiedad y hostilidad, creando un estado de confusión, donde aseguramos que la retahíla de años que nos llevan nuestros papás, no significa nada, ya que “eran otros tiempos”, como si se hubieran quedado encapsulados en esa época sin salir todos los días a buscarse la vida, trabajar e interactuar con el mundo actual. Sin embargo, nosotros como adolescente creemos que sabemos más sin tener ni idea de que queremos en realidad, ni de quienes somos en este punto. La actitud es estar siempre en contra de los que están a favor, sin entender que estamos llenos de patrones aprendidos, y que podemos estar casi por inercia repitiendo esos patrones, ya que a fin de cuenta es el único baile que nos enseñaron y que sabemos bailar… y así llegamos hasta la edad adulta, creyéndonos libres en nuestra propia jaula mental, incapaces de cuestionar nuestras ideas, por miedo a perder nuestra seguridad. Finalmente llega el día en que terminamos creyendo que la libertad es el poder elegir un menú normal o agrandado, porque mas allá de las elecciones cotidianas ¿quiénes somos? ¿qué pensamos? y ¿por qué lo pensamos? son terrenos que no sabemos ni nos atrevemos a explorar.

Vamos por la vida presumiendo lo que no somos, incapaces de reconocer entre tantas máscaras nuestro verdadero rostro… Cumpliendo el perfil que nos enseñaron, llegaremos a viejos, muriendo engañados, pensando que fuimos libres…

No olvidemos que las etiquetas impuestas, son cadenas que nos esclavizan física y emocionalmente, pero es nuestra mente lo que nos hace libres o esclavos de ellas y esto solo depende de si nos atrevemos o no a descubrir quienes somos.