A los Emilios, a los Ricardos y a los Ronalds de Guatemala

Texto: Heini Villela Schneebeli

Imagino la cantidad de guatemaltecos que llevamos adentro la frustración de no poder construir el país que deseamos: esa impotencia que se siente ante el hecho de querer y no poder hacer nada trascendental que produzca, de verdad, un cambio en la realidad que vivimos.

Cada vez son más los Emilios que, de pronto, toman conciencia de la desnutrición que sufre la mitad de los niños en Guatemala. Crecientes en número son también los Ricardos hablándonos de la necesidad de cambiar nuestra forma de ser como individuos. Incluso me ha tocado oír a montones de Ronalds deseando que todos los días sean días felices.

Comparto plenamente esos bellos deseos, pero mi frustración e impotencia siguen exactamente igual porque, por más que entienda la realidad de miseria y hambre en nuestro país, por más que desee cambiar procurando ser una persona ejemplar, apegado a la ley y respetuosa del prójimo; por más obras de ayuda y caridad que haga buscando la felicidad de la gente… la realidad de mi patria no cambia.

Escucho a los Emilios, Ricardos y Ronalds de Guatemala, comparto sus buenas intenciones, pero eso no me ayuda a que el país cambie.

Un día decidí preguntarme por qué, si son tan reales esos deseos y sentimientos, no se dan los cambios. Pensé que tal vez no entendía a cabalidad el problema de la pobreza, así que me fui a convivir con los pobres de mi país para entender cuáles eran sus problemas. Mientras tanto, participé en cuanta obra de caridad me solicitaban amigos, conocidos y extraños. Pero la realidad seguía siendo la misma.

A veces pienso que no todo es tan negativo: el hecho de verme hoy aquí escribiendo al respecto, y que al mismo tiempo muchas figuras conocidas (y otras que no lo son tanto) planteen esos problemas implica que algo se ha avanzado… O quizás es al revés: llegamos al punto en que los problemas han crecido tanto que se hace imposible no notarlos.

Después de tanto darle vueltas a lo mismo, por fin encontré la respuesta a mi pregunta: el hambre, la pobreza, la violencia, la falta de ética, etcétera, no son un problema de actitud que puede resolverse pidiéndole al pobre que piense positivo para que cambie, o llamando a la solidaridad de las clases medias y altas urbanas para que repartan sus sobras entre los menos favorecidos. No. El problema no es de actitud ni de solidaridad ni de educación ni de valores. El problema es económico. ¿Por qué?, se preguntaran ustedes. Bueno, pues…

A ver, ¿qué hacemos cuando tenemos hambre? Compramos comida. Para comprar comida hay que tener dinero, y para tener dinero hay que tener un empleo. Si no tenemos empleo no tenemos dinero, pero el hambre siempre está, y sería absurdo pretender que cada uno de los millones de hambrientos que pueblan Guatemala se sienten a esperar a que llegue la caridad de alguien que, en su frustración, deseando cambiar la realidad del país, un día venga y le regale un plato de comida para luego no volver a saber más de él.

Claro que ese día el hambriento se sentirá agradecido y dichoso por haber llenado su estómago, y claro que el bondadoso samaritano se sentirá satisfecho creyendo haber salvado una vida, pero… ¿y después, qué?

El engaño aquí es doble: se engaña a sí mismo el que recibe la caridad creyendo que tendrá comida para siempre, sin reconocer que es imposible vivir de la caridad eternamente; y se engaña el que da porque cree que está haciendo algo por cambiar la realidad en la que vive, pero no comprende que un gesto individual es insuficiente por más que se haga con el mejor de los deseos.

El problema es económico porque para que alguien coma de manera estable y regular debe tener un empleo, y en Guatemala eso es lo que más hace falta. Ningún país en la historia ha salido adelante sólo con caridad. La economía no se construye con caridad, sino con producción y consumo. Los niveles de vida se elevan de la misma manera: trabajando y consumiendo.

Y ahora, el planteamiento mas importante: si lo que se requiere es construir una economía fuerte, que incluya a todos los guatemaltecos en los procesos de producción y de consumo a través del empleo, ¿quién tiene la capacidad para hacerlo? ¿Usted? ¿Yo? ¡¿Quién?!

Para responder eso, pensemos: ¿quién administra hoy la riqueza en el país? ¿La administran los pobres cuya población infantil padece desnutrición en un 50%? ¿O la administran las personas que tienen más capital en el país? Sin duda son los segundos, y no incluimos aquí a la clase media porque ésta vive al día, atenido permanentemente a que un accidente o una enfermedad imprevista pueda representarle el descenso a la clase pobre.

Es ahí, entonces, hacia donde hay que volcar las energías y deseos de cambio para construir sistemas eficientes de producción y de consumo (es decir: libre mercado), obteniendo valor agregado capaz de generar más empleos y salarios más elevados y renunciando al cómodo espejismo de sólo producir materias primas de bajo precio en el mercado internacional.

Se trata de lograr que los propietarios de la mayoría de los capitales de Guatemala renuncien a sus privilegios e inicien la transformación del país, dejando atrás el ascenso por la vía del conecte y pasando a construir un sistema económico basado en méritos y reglas claras aplicadas a todos por igual, sin distinciones, sin cuellos, sin discriminación.

Es sano compartir la frustración que sentimos, pero mucho más importante es orientar nuestra lucha hacia donde debe librarse: una economía libre, sin privilegios, que fomente la inversión, la producción y el empleo para todos y no sólo para unos cuántos.

Debemos aceptar que el sistema que tenemos falló, y que el hecho de negarnos a entenderlo (y además, de esconderlo con el barniz de la caridad y de las buenas intenciones) es la principal causa de esos niños desnutridos, esas actitudes pesimistas y aprovechadas y esos pocos días felices en Guatemala.

Cuando sepamos reconocer eso, entonces sí, usted y yo podremos iniciar un auténtico cambio, luchando en contra de ese sistema de privilegios e incompetencia y haciendo causa común en pro de la instauración de un nuevo sistema de libre mercado, sin privilegios y capaz de incluir a esas grandes mayorías de pobres.

La pobreza se vence con dinero, y para que un pobre tenga dinero debemos construir una economía que nos permita a todos producir, generar empleo y consumir.