Una historia para septiembre

Texto por Heini Villela Schneebeli

 

No olvido aquella noche que conocí a don Beto y doña Ana. Llevaban 48 años casados y se miraban muy felices juntos. El tenía 82 y ella 74. La lección que intento recordar siempre era la causa de verlos así. Ante mi interrogante de como habían hecho para mantenerse juntos tanto tiempo, doña Ana con su tranquilo hablar me enseño que no siempre había sido de esa manera, que de hecho pasaron en los inicios muchas crisis, que ambos se sentían inseguros y confundidos. Acreditaba aquella confusión al hecho que don Beto no figuraba de acuerdo a lo que la sociedad definía como un galán. Todas sus amigas le repetían constantemente que se merecía algo mejor que Roberto, porque ella era muy atractiva. Hasta el día que don Beto le propuso matrimonio, ella medito y se dio cuenta que sus inseguridades se debían a lo que sus amigas pensaban, no a lo que ella sentía. Se dio cuenta que don Beto siempre estaba ahí, que la escuchaba y que ella podía ser quien era, sin disimulos, ni máscaras. Ahí empezó a entender lo que podía ser el amor.

Don Beto por su parte, decía que cuando conoció a doña Ana, pensó que era hermosa, pero que había dudado en hablarle ya que siempre se mantenía con sus amigas que lo miraban de menos. Pero un día se animó y todo empezó. Explicaba don Beto que la lucha fue difícil, que contrario a lo que pasa en las películas, la vida en pareja presenta retos, dificultades, aburrimiento y a veces hasta frustración. Al escuchar todo aquello, sorprendido les pregunte como lo superaron, a lo que doña Ana respondió: “Aprendimos a escucharnos, a que cuando uno de nosotros decía algo, el otro de verdad le ponía atención, para poder saber lo que sentía y pensaba. Aprendimos a entendernos, sin pretender cambiar en el otro cosas que no nos agradaban, porque era parte de lo que es uno. Aprendimos a aceptarnos, renunciando a responder a los moldes sociales, al que dirán, a dejar de pensar desde el punto de vista de los otros y enfocarnos en el nuestro. Finalmente llegamos a estar tan cómodos juntos, porque aunque cada quien estaba en sus cosas, nos unía el ser tal cual somos. Y debo decirte que nunca escuchamos campanas, violines y arpas, los escuche con otros, pero con ellos solo fueron enamoramientos pasajeros, el amor lo encontré con Roberto”.

La tarde del 14 de septiembre mientras miraba a aquellos grupos de jóvenes corriendo alegremente con las antorchas, celebrando una independencia que no fue la suya, una patria que no los cobija, una república que no los considera iguales, recordé aquella conversación con doña Ana y don Beto y pensé en el amor que aquellos jóvenes y yo mismo, podíamos sentir por Guatemala.

Pensé en que al igual que aquella pareja, no hemos aprendido a escucharnos. Nuestros prejuicios y divisiones son tan grandes, que somos incapaces de escuchar al otro. Ni siquiera podemos sentarnos, mucho menos discutir desde posiciones sociales, económicas o políticas distintas. Luego pensé que al igual que don Beto y doña Ana, sin escucharnos es imposible que nos entendamos y mucho menos aceptemos, porque en la realidad no sabemos que piensa y siente el otro, solo hacemos conjeturas y establecemos nuestros prejuicios y temores como puntos de partida. Definitivamente en una sociedad así, el amor a la patria se asemeja mas a aquella joven insegura, que provino de un hogar disgregado que por diversas circunstancias le creo una baja autoestima, y que por ser bonita (al igual que nuestro país), solamente puede ofrecer su cuerpo a una pareja, porque no cree que tenga algo que valga la pena, y que confunde el amor con tener sexo, cuando no se da cuenta que precisamente cuando una mujer se siente segura, no tiene la necesidad de reafirmarse sexualmente, ya que su carácter, su inteligencia, todas sus cualidades son mas importantes que el entregarse sexualmente a alguien que solo podrá valorarla de esa forma. Y así es Guatemala, al no aceptarnos, porque no nos escuchamos ni nos entendemos, recurrimos a entregarnos a manos de personas que solo pueden ver al país como un botín. Es un lindo país, pero solo pensamos en ver que le sacamos, para luego dejarlo tirado. ¿Qué podríamos hacer para cambiar esta historia? Quizás, pensemos en el caso de la chica y lo que ella debe hacer es confrontar su realidad, entender su conducta, enfrentar sus temores y darle valor a lo que ella es y no a lo que los demás le han dicho que sea. Se trata de quererse ella misma, y en ese momento se dará cuenta que para valer como ser humano, no necesita entregarse a un galán de comercial de televisión, se trata de ser quien es simplemente, sin que le importe lo que digan sus amigas, como pensó y sintió doña Ana.

Nosotros como nación, debemos entender que tenemos un valor, y que ese valor esta muy por encima de sus lagos, ríos, volcanes o bosques. También es cierto que no podemos estar orgullosos de lo que somos cuando asesinan en promedio a 16 personas al día y la mitad de los niños padecen desnutrición. No debemos engañarnos. Pero de lo que si podemos estar orgullosos es de esos millones de personas que cada día nos levantamos y que ante toda la adversidad que la vida y esta nación nos da, seguimos luchando y subsistiendo. Si en verdad queremos amar a este país, mas que poner banderas y celebrar goles de la selección de fútbol, debemos empezar a escucharnos, entendernos y aceptarnos, tal y como somos. Y debemos hacerlo ahora, enfrentando nuestra realidad, aceptando el reto de cambiarla y escribir una verdadera historia de amor con Guatemala.

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Nación de Cobardes

Texto: Heini Villela Schneebeli

Aún recuerdo la primera vez que me ocurrió. Yo tenía ocho años, ella tenía nueve y me parecía la niña más linda del mundo… pero la timidez me venció y nunca se lo dije.

La escena se repetiría varias veces, con ideas que nunca me atreví a llevar a cabo, sentimientos que nunca osé confrontar y aventuras en las que nunca participé. El tiempo ha pasado y me ha dado una dura lección: si tan sólo hubiera tenido el valor de intentar todo aquello que he dejado de hacer, hoy tendría más logros y menos lamentaciones.

Abrazando la estúpida fantasía de protegerme, siempre antepuse mis temores e inseguridades, cuando en realidad lo que estaba haciendo era renunciar a la oportunidad de vivir más plenamente. De hecho, años después, cuando por fin conocí a aquella niña ya convertida en toda una mujer, me dijo que se acordaba de mí porque yo le gustaba.

Nuestra vida se resume no en aquello que deseamos sino en aquello que hacemos, y el recuerdo de nuestra presencia en este mundo perdurará por las acciones que emprendimos, no por las intenciones que tuvimos.

Como sociedad ocurre lo mismo. Nos pasamos el tiempo conversando con amigos sobre la escalada de violencia, leyendo en los diarios sobre la corrupción gubernamental o escuchando por la radio el lugar donde fue hallado último cadáver. Protestamos, vociferamos, nos afligimos… y hasta ahí llegamos. Lo cierto es que no tomamos cartas en el asunto, y aunque esa pasividad es causada por el miedo preferimos vivir con la hipocresía de no aceptarlo, engañándonos al pensar que el no hacer nada es hacer algo.

Debido a los temas que he abordado en este blog, muchas personas han sugerido que mejor me calle, que no escriba “babosadas” porque me puede pasar algo, sobre todo cuando he hecho referencia a los grupos monopólicos y oligopólicos de Guatemala. Lo que esto delata es miedo. Ha de ser que la conciencia colectiva de nuestra sociedad considera que dichos grupos recurren a la violencia para imponerse. La conclusión que saco es que somos una nación de cobardes. ¿Acaso puede haber algo más cobarde que alabar y defender a aquel que sería nuestro verdugo si no seguimos su juego?

Yo he decidido no seguir lamentándome por todo lo que sé que soy capaz de hacer, pero que no hago. ¿Quién puede estar feliz con dieciséis homicidios diarios, con más de la mitad de nuestros niños desnutridos, con una clase media cuyo trabajo apenas le alcanza para mantener a flote la esperanza de un futuro mejor? ¿Por qué no nos hemos levantado? ¿Por qué permitimos que el sistema siga como está? ¿Por qué pensamos que cualquier cambio sería peor?

La cobardía nunca ha resuelto los problemas de nadie. Con esto no quiero decir que hagamos una revolución, pero… ¿qué tal si empezamos exigiéndole al gobierno que utilice el dinero de nuestros impuestos en cosas importantes en vez de sobrevalorar obras? ¿Qué tal si luchamos por un libre mercado sin monopolios, oligopolios, barreras arancelarias y no arancelarias, sin cuotas de importación; para que nuestro dinero rinda más y no tener que comprar productos que nos venden abusivamente sobrevalorados?

Ahí quedan dos ideas. Mientras tanto, si seguimos consintiendo a los corruptos bajo la excusa de “robó, pero dejó obra”, o de “no importa que sea un monopolio, eso se llama ser pilas”, Guatemala seguirá siendo una nación de cobardes y, por lo tanto, los males que nos aquejan los tendremos más que merecidos.