Nación de Cobardes

Texto: Heini Villela Schneebeli

Aún recuerdo la primera vez que me ocurrió. Yo tenía ocho años, ella tenía nueve y me parecía la niña más linda del mundo… pero la timidez me venció y nunca se lo dije.

La escena se repetiría varias veces, con ideas que nunca me atreví a llevar a cabo, sentimientos que nunca osé confrontar y aventuras en las que nunca participé. El tiempo ha pasado y me ha dado una dura lección: si tan sólo hubiera tenido el valor de intentar todo aquello que he dejado de hacer, hoy tendría más logros y menos lamentaciones.

Abrazando la estúpida fantasía de protegerme, siempre antepuse mis temores e inseguridades, cuando en realidad lo que estaba haciendo era renunciar a la oportunidad de vivir más plenamente. De hecho, años después, cuando por fin conocí a aquella niña ya convertida en toda una mujer, me dijo que se acordaba de mí porque yo le gustaba.

Nuestra vida se resume no en aquello que deseamos sino en aquello que hacemos, y el recuerdo de nuestra presencia en este mundo perdurará por las acciones que emprendimos, no por las intenciones que tuvimos.

Como sociedad ocurre lo mismo. Nos pasamos el tiempo conversando con amigos sobre la escalada de violencia, leyendo en los diarios sobre la corrupción gubernamental o escuchando por la radio el lugar donde fue hallado último cadáver. Protestamos, vociferamos, nos afligimos… y hasta ahí llegamos. Lo cierto es que no tomamos cartas en el asunto, y aunque esa pasividad es causada por el miedo preferimos vivir con la hipocresía de no aceptarlo, engañándonos al pensar que el no hacer nada es hacer algo.

Debido a los temas que he abordado en este blog, muchas personas han sugerido que mejor me calle, que no escriba “babosadas” porque me puede pasar algo, sobre todo cuando he hecho referencia a los grupos monopólicos y oligopólicos de Guatemala. Lo que esto delata es miedo. Ha de ser que la conciencia colectiva de nuestra sociedad considera que dichos grupos recurren a la violencia para imponerse. La conclusión que saco es que somos una nación de cobardes. ¿Acaso puede haber algo más cobarde que alabar y defender a aquel que sería nuestro verdugo si no seguimos su juego?

Yo he decidido no seguir lamentándome por todo lo que sé que soy capaz de hacer, pero que no hago. ¿Quién puede estar feliz con dieciséis homicidios diarios, con más de la mitad de nuestros niños desnutridos, con una clase media cuyo trabajo apenas le alcanza para mantener a flote la esperanza de un futuro mejor? ¿Por qué no nos hemos levantado? ¿Por qué permitimos que el sistema siga como está? ¿Por qué pensamos que cualquier cambio sería peor?

La cobardía nunca ha resuelto los problemas de nadie. Con esto no quiero decir que hagamos una revolución, pero… ¿qué tal si empezamos exigiéndole al gobierno que utilice el dinero de nuestros impuestos en cosas importantes en vez de sobrevalorar obras? ¿Qué tal si luchamos por un libre mercado sin monopolios, oligopolios, barreras arancelarias y no arancelarias, sin cuotas de importación; para que nuestro dinero rinda más y no tener que comprar productos que nos venden abusivamente sobrevalorados?

Ahí quedan dos ideas. Mientras tanto, si seguimos consintiendo a los corruptos bajo la excusa de “robó, pero dejó obra”, o de “no importa que sea un monopolio, eso se llama ser pilas”, Guatemala seguirá siendo una nación de cobardes y, por lo tanto, los males que nos aquejan los tendremos más que merecidos.

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