La niña, el héroe, el barrilete y el viento

Texto: Heini Villela Schneebeli

Era alrededor del mediodía y habíamos dejado el carro cerca de la municipalidad. Nos tomó poco menos de una hora llegar al cementerio y luego a la cancha de fútbol donde se erguían, orgullosos, los barriletes gigantes.

Caminábamos a paso lento debido no sólo a la concentración de gente sino a la infinidad de puestos de comercio ubicados a uno y otro lado del sendero: elotes locos, cerdos a las brasas, pepianes, pizzas, aromas dulces y salados entremezclándose con el griterío de los marchantes ofreciendo cada uno lo suyo, desde patitos de goma hasta lámparas que supuestamente ahuyentan malos espíritus (todos productos made in China).

Pero lo que más llamó mi atención fueron, tal vez, los puestos con básculas para dar a conocer el peso de las personas a cambio de una módica suma. Pese a que no había nadie interesado en pesarse, aún así el tercero de ellos tenía tres básculas, dejando clara constancia de la fe en un mercado que no existía.

Al final del campo de fútbol estaban, uno a la par del otro, los barriletes gigantes que competían entre sí por sobresalir en forma, tamaño y combinación de colores. Pocas veces se observa en nuestro país tanta diversidad, evidente sobre todo en las multitudes congregadas alrededor del acontecimiento: una variopinta combinación de culturas y clases socioeconómicas sin distingo de origen o etnia. Lo más parecido a vivir en democracia.

Tomamos algunas fotos y empezamos a bajar al campo buscando un atajo por donde hubiera más espacio para pasar, apartándonos de las filas que el resto de gente seguía obedientemente, como hormigas. Fue entonces cuando vimos a algunas personas intentando volar sus barriletes, minúsculos en comparación con los que se exhibían atrás.

Divagaba imaginando qué tanto tiempo podría llevarle a cada grupo de constructores fabricar un barrilete cuando, frente a mí, una niña le preguntó a su padre que por qué el suyo no volaba. La forma de vestir de ambos delataba que eran de Sumpango. Ella no tendría más de ocho años. Él vio que la brisa soplaba ligera e insuficiente y respondió tranquilamente:

“Porque no hay aire”.

Todo inocencia, creyendo que para su papá no hay imposibles, la niña contesta: “Pero tú puedes hacer que haya aire. Tú puedes traerlo, ¿verdad?”.

El padre se ríe y, tal vez para no traicionar la imagen heroica que tienen de él, responde que el viento está descansando, guardando energías para más tarde levantar los demás barriletes que la gente va a querer volar. La niña protesta. Quiere que el suyo se eleve ya.

Imaginé al padre tambaleando en la encrucijada: ¿impedir que ella lo vea como el simple mortal que es? ¿O permitirle saber que no es ningún héroe? Lo que ocurrió a continuación me tomó por sorpresa. Se agachó, acarició el cabello de su hija y le dijo:

“Hay una forma. Y tú lo puedes hacer”.

Los ojos de la niña, emocionados, se abrieron por completo. Su rostro ofrecía una sonrisa difícil de olvidar.

“Tú puedes buscar el viento”.

“¿Cómo lo hago?”.

“Corre. Corre lo más rápido que puedas y el viento llegará. Eso debes hacer siempre que no lo encuentres”.

Ni bien habían terminado de explicarle, la hija se puso a correr. Llevaba arrastrado el barrilete por el suelo pero de inmediato empezó a elevarse. En eso ella, en un descuido, tropieza. Se levanta, sacude el polvo de su vestido y echa a correr de nuevo. El barrilete comienza otra vez a alzar el vuelo pero la niña, distraída, por ir viendo hacia atrás, choca con unas personas que van caminando. El padre va por ella, la toma en sus brazos y corren juntos. El barrilete sube, retando a la incredulidad.

En menos de cinco minutos fui testigo de cómo un padre, en su esfuerzo por no defraudar a la hija, le dio una lección de vida a ella y me la dio a mí también: cuando el viento no sopla a nuestro favor hay que salir a su encuentro si queremos que nuestros proyectos levanten vuelo.

Sin embargo, los barriletes gigantes no vuelan. Y la gente lo sabe: llega nada más a verlos levantados sobre el piso, consciente de que nunca van a volar. Así es Guatemala: un país de barriletes que no vuelan porque la gente no corre en busca del viento. Un país donde los pocos que se atreven a hacerlo son detenidos, juzgados, discriminados. Un país temeroso de los soplos de cambio que tanto necesita.

Un país que rechaza al estudiante por exigirle cambios al maestro y al sistema. Un país que discrimina al líder por denunciar los privilegios con que viven unos pocos. Un país que se burla del empresario por querer competir en equidad de condiciones y acabar con los monopolios. Un país que odia al campesino por salir a manifestar exigiendo sus derechos. Un país que castiga al que ose pensar diferente. Todo aquel que se atreva a correr para buscar el viento es reprimido, condenado, asesinado. Así es Guatemala.

Al terminar la tarde, la gente de Sumpango durmió satisfecha por haber hecho barriletes que nunca volarán. ¿Qué les pasa? Según entiendo, los barriletes están hechos para surcar el cielo. Sin embargo, a nadie se le ocurre correr. Todos aceptamos que los barriletes no pueden volar, que no hay viento que los eleve, que así son las cosas, que así han sido siempre y que así habrán de seguir siendo por los siglos de los siglos. Y así como aceptamos que los barriletes no volarán, pareciéramos aceptar también que ni los vendedores de patitos de goma, ni los de elotes locos, ni los de servicios con báscula para dar a conocer el peso de las personas podrán volar en sus vidas, condenados a una economía de subsistencia y a guardar sus esperanzas en un mercado que no existe.

Puede que todos ellos hayan terminado la jornada satisfechos, sabiendo que ese fue el día del año en el que más vendieron. Al igual que con los barriletes, la gente pasó frente a ellos, algunos se interesaron en sus productos, unos pocos compraron y a la mañana siguiente la vida siguió igual que antes de la fiesta. En nuestro país no habrá viento que los levante y a ninguno de nosotros nos interesa correr para hallarlo.

Yo, en cambio, me sentí dichoso porque, en medio de tanta gente, quizás fui el único en percatarse del padre que siguió siendo héroe y de la niña que encontro el viento.

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