El eructo de los ruiseñores

Por Mario Roberto Morales

En uno de sus más tiernos aforismos, dice Cioran: “Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.” Esto, claro, no debe ser causa de desasosiego, ya que no estamos obligados a vivir la vida como si fuéramos presentadores de televisión, es decir, fingiendo un entusiasmo que –en el clímax de su angustioso empeño por parecer dichoso– se congela en la triste mueca del sufrido farsante compelido a simular felicidad. ¿Con base en qué suponen los frenéticos animadores de la tele y sus crédulos receptores pasivos que puede haber felicidad en el atragantamiento consumista? A pesar de que en su fondo humano (que lo tienen) no lo creen, el socialmente aceptado acto –tan viejo como la humanidad– de mentirse a uno mismo se impone, afirmándose como más fuerte que cualquier atisbo de valiente aceptación de la realidad tal cual es. Esta temerosa vocación por la mentira explica además el escándalo de la existencia de las religiones.

No mentirse a uno mismo requiere sustraer del mundo la propia conciencia, lo cual exige soledad, reflexión y melancolía. Eso que los alegres exégetas de la inmediatez y la novedad llaman pereza y que algunos psicólogos despistados perciben como depresión, sin darse cuenta de que ésta paraliza mientras que la melancolía impele a la creatividad. Por eso, en otro de sus aforismos, Cioran afirma: “Gracias a la melancolía –ese alpinismo de los perezosos– escalamos desde nuestro lecho todas las cumbres y soñamos en lo alto de todos los precipicios.”

La melancolía es el estado de ánimo de los filósofos y los artistas. No tanto de quienes se proclaman como tales, sino de los que –sin saber que lo son– reflexionan sobre el sentido de la vida y de su particular existencia, llegando a conclusiones que a menudo no comparten con el prójimo porque sus certezas se tornan intransmisibles de tan abarcadoras, y –con suerte– sólo pueden ser expresadas en toda su plenitud mediante versos, melodías o pinturas.

Tiene mucha razón Cioran cuando afirma que la tristeza es “un apetito que ninguna desgracia satisface”, porque el triste no está angustiado, no es presa de la desesperación. La tristeza se goza. La angustia se padece. El triste crea. El angustiado chilla. La tristeza es el efecto del distanciamiento del mundo que se hace imprescindible para pensar en él sin mentirse a uno mismo. Es el precio a pagar por no vivir la vida como un merolico; como un acongojado farsante obligado a fingir dicha y arrebato ante un cosmético, una oferta telefónica o una marca de salchichas, ya se trate de quien consume estos objetos o de quien los anuncia, como ocurre con esas pobres criaturas (Dios mío, cómo me duelen), las presentadoras de televisión.

Huir de la tristeza equivale a evadir la luz de la conciencia que no se miente a sí misma. Y es en esta huida en la que invertimos la mayor parte de nuestra existencia y de nuestra fuerza espiritual. Para eso vamos a emborracharnos a las iglesias. Y a las cantinas. Sin percatarnos de que abrazar la melancolía resultante de aceptar las cosas como son nos hace más felices que empecinarnos en que éstas sean como quisiéramos que fueran.

Vivir como proponen los animadores de televisión requiere además renunciar a la dimensión poética de la especie. Ya lo advertía Cioran al afirmar: “En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.”

Nota: copiado de artículo original publicado en http://www.jornada.unam.mx/2014/06/08/sem-mario.html

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