La irracionalidad del hartazgo

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Estoy harto de la violencia en mi país. Harto de salir con miedo a las calles, de pensar que en cualquier momento alguien me va a robar el celular, de temer por la vida de mis seres queridos, harto de vivir a merced de la voluntad de otros que sólo quieren apropiarse de lo mío.

Bajo esa premisa, he de confesar que hay días en que desearía salir y matar a cuanto ladrón ande por la calle, ir a las cárceles donde extorsionan y matar a todos los que lo hacen. ¿Acaso no es justo que pueda tomar la justicia por mi propia mano para protegerme? Y ahí veo a personas, como Erwin Sperissen, Javier Figueroa, Carlos Vielmann y Alejandro Giammattei, hacer lo que yo he deseado pero no me he atrevido. Puedo ver en ellos a verdaderos héroes que se ensucian las manos para protegerme a mí.

Ahora bien, cuando mi hartazgo por la violencia y delincuencia se apacigua y analizo ese deseo de venganza y protección me doy cuenta de que, si yo fuese a matar delincuentes, yo mismo me estaría convirtiendo en un delincuente. Sé que, como ser humano, soy susceptible de equivocarme. ¿Qué sentiría si, en mi deseo de justicia, termino matando a alguien inocente? ¿Qué pasaría si, ante un arrebato de ira, sobredimensiono un delito y lo cobro con la vida del asaltante?

Detesto vivir en una sociedad donde una persona puede ser asesinada para robarle su celular pero, ¿acaso no actúo igual si pido que a cada ladrón de celulares se le mate? ¿Justifica el robo de un aparato que el delincuente sea castigado con la muerte? Ahí me doy cuenta de que no soportaría el peso de mi conciencia recriminándome el haberle quitado la vida a alguien por algo tan insignificante como un teléfono.

Pero el análisis no termina ahí. Me pongo a pensar y caigo en la cuenta de que no existen momentos en los que me sentí auxiliado por la policía, no hay ejemplos donde su presencia se tradujo en seguridad para mí. Por el contrario, puedo recordar las tres veces que intentaron sacarme dinero inventando pretextos, o las innumerables veces en las que llegué tarde a reuniones de trabajo por retenes que ponían en alguna calle y que, cuando uno pasaba, sólo tenían un vehículo detenido y era el de una peligrosa mamá armada de un bebé en su silla y una pañalera.

¿Cuántas veces me sentí inseguro y llamé a alguien conocido para decirle que una patrulla me había detenido y dejé la llamada conectada para amedrentar a la autoridad, por si querían asaltarme? Estoy seguro de que usted ha vivido lo mismo.

Y bueno, ante estos recuerdos es que termino preguntándome: ¿realmente son dignos del poder que ostentan esos policías que me han pedido mordida, que nunca están cuando se los necesita y cuya presencia inspira más temor que seguridad? ¿Conviene permitir que puedan hacer justicia por su propia mano?

Cuando se protesta por la condena a Sperissen, en realidad se celebra que ellos puedan hacer limpieza social sin necesidad de jueces ni de procesos que den oportunidad de esclarecer qué sucedió. Voy más allá de eso e imagino lo que ocurriría si, al permitir esa conducta, un día los de la policía detienen mi vehículo y me dicen que si no les doy dinero me matan con la excusa de estar haciendo yo algo “malo”.

Hay una realidad en nuestro país: la policía es corrupta. Hablando con algunos oficiales, se entiende que sea así. También es comprensible que muchos se sientan no sólo frustrados por sus pésimas condiciones laborales sino impotentes cuando ven a delincuentes caminando tranquilamente por las calles porque un juez los dejó libres. Supongo que una manera de revertir ese sentimiento y desahogar esa frustración es, precisamente, brincarse las leyes para hacer justicia propia, directa y pronta, pensando que actúan en nombre del “bien” común.

Pero, como ya dije antes, la policía es una de las instituciones más corruptas del Estado, de modo que, al permitir y apoyar que proceda saltándose la ley, estamos abriendo nuestra propia zanja para sepultarnos porque, tarde o temprano, esa ambigüedad moral terminará justificando que se asesine a cualquiera que sea una amenaza a los intereses personales de cada oficial, o de sus jefes. Si algo sustenta el sistema capitalista es el interés personal, y la historia de los últimos doscientos años es un ejemplo claro de que, a la hora de decidir entre lo moral y la conveniencia individual, el segundo es mucho más popular.

Así pues, lo que se condenó en Suiza no es la buena intención de un hombre por poner orden. No. Lo que se condenó es a una persona que utilizó su representación del Estado para ejercer justicia por mano propia, obviando todas las instancias que permiten el adecuado funcionamiento de una sociedad. Y hoy, cuando una parte de Guatemala (comprensiblemente, pero sin análisis) está indignada contra ese veredicto y avala la supresión del derecho y la relativización de la justica, es hora de pensar en lo siguiente: si de lo que se trata es de hacer justicia por mano propia, entonces reconozcamos de una vez que la ley y el derecho son inútiles y que lo que manda es el uso violento y discrecional de la fuerza.

Esta ola de indignación debiera ser leída entonces por los más olvidados del sistema económico guatemalteco, aquellos a quienes se les tilda de “terroristas” por oponerse a proyectos que van en contra de sus intereses comunitarios, y que juntan firmas y hacen votaciones locales para dar sustento a su protesta (suena parecido a la reacción en favor de Sperissen, ¿verdad?). Los millones de desheredados chapines tienen ahora motivos para entender (tal y como pareciera ser la consigna aceptada de avalar los asesinatos por parte del Estado, sin previo juicio) que la única forma de ser escuchados es precisamente bajo el uso de la violencia.

El mensaje que recibe toda esa población desesperada es que llegó la hora de dejar de lado el diálogo porque, para ser escuchados, hay que tomar las armas o ejercer protestas violentas, porque aquí lo que funciona es la ley del más fuerte.

De modo que, cuando la oposición a las mineras o hidroeléctricas respondan con violencia, que nadie grite en defensa del estado de derecho, porque ese grito sólo manifestará la hipocresía de sus principios. ¿Suena ilógico? Sí, tan ilógico como defender que cada uno resuelva la justicia por sí mismo y a su modo.

Si queremos un país en paz y sin violencia, lo que corresponde es construirlo por el lado más difícil: creando y respetando una justicia igual para todos, y no sólo para unos cuántos.

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