Libertad

Escrito por Verónica Servent Palmieri

Desde que nacemos, no pasa ni un mes sin que nuestros padres nos pongan nuestra primera etiqueta de rigor, aquella que nos da acceso al registro civil (que nos permite pertenecer a una sociedad determinada). Esta pertenencia desde el nacimiento, nos compromete y nos da derechos (si no estás registrado no existes aunque respires, es así de “simple”), asignándonos un nombre y convirtiéndonos en un número que sin él, no somos nadie en esta sociedad…. La etiqueta del “nombre” es el primer paso a nuestra identidad y posición en nuestra constelación familiar… Vaya responsabilidad de los padres al momento de elegir nuestros nombres, porque a esto sumemos que cada nombre tiene su significado y características de personalidad (o sea que ya no solo corresponde a lo genético, a lo psicológico y al ambiente y condiciones de vida), sino que ahora resulta que el nombre también salpica sobre nuestra forma de ser….

Después vamos creciendo puros e inocentes con un instinto nato de sobrevivencia y un deseo de descubrir, explorar y sentir. Y nuestros padres con todo el amor que tengan y lo que hayan aprendido en su carrera de vida, tratan de transmitirnos su poca o mucha sabiduría, utilizando un inventario de recursos: amor, apoyo, manutención, guía y una tendencia constante y exagerada, de varios “no” (no hagas eso; no toques aquello; no llores; no grites; no, te dije ¡ya!, etc.). A ello se le agrega un sin fin de “deberías” (deberías ser más educado; deberías hacer las cosas cuando te las pido; deberías poner más atención; deberías ser más tranquilo…). Nuestros padres y hermanos van estableciendo el papel que jugamos en nuestro primer grupo al que pertenecemos: nuestra familia. Estudios empíricos han mostrado que cuando a las personas se les coloca arbitrariamente en unos roles, comienzan a actuar de acuerdo con los mismos. Y así nos vamos formando entre amor y condicionamiento, logrando como resultado la limitación de nuestra espontaneidad con el único fin de hacernos funcionales en esta sociedad, donde curiosamente, el más normal pareciera ser el más reprimido y no el más sano emocionalmente.

Empezamos a estudiar (los que tenemos la oportunidad de hacerlo, ya que aunque nos repiten que es un derecho, en la práctica resulta ser mas una oportunidad para quienes puedan pagarlo y/o tengan acceso a este privilegio, sin ser esto, una garantía de buena enseñanza) y allí, en la escuela o colegio, es donde se formaliza el aprendizaje diciéndonos que debemos de pensar, como debemos comportarnos y que debemos ser. A esta etapa le sigue otro conjunto de etiquetas impuestas por nuestro grupo de amigos (que transmiten el conocimiento adquirido en sus casas como un archivo heredado, lleno de juicios y prejuicios que son tomados como una verdad absoluta, donde más que convicción, es adoptado sin riguroso proceso de cuestionamiento, como parte de nuestra identidad) y las maestras que se pintan solas para descubrir y hacerle saber a sus alumnos, quien es el haragán de la clase, el chingón y el clásico intelectual o matadito… Estas etiquetas son las pinceladas que van coloreando el cuadro de lo que somos y como nos vemos. Así, sin que nosotros nos demos cuenta, nos va marcando nuestro paso por la vida.

Entramos a la adolescencia, época de rebeldía, donde tenemos destellos de una lucha por encontrar nuestra propia identidad. Se experimenta un incremento en la autosuficiencia, sin dejar por completo la dependencia de nuestros padres, viviendo todo esto entre ansiedad y hostilidad, creando un estado de confusión, donde aseguramos que la retahíla de años que nos llevan nuestros papás, no significa nada, ya que “eran otros tiempos”, como si se hubieran quedado encapsulados en esa época sin salir todos los días a buscarse la vida, trabajar e interactuar con el mundo actual. Sin embargo, nosotros como adolescente creemos que sabemos más sin tener ni idea de que queremos en realidad, ni de quienes somos en este punto. La actitud es estar siempre en contra de los que están a favor, sin entender que estamos llenos de patrones aprendidos, y que podemos estar casi por inercia repitiendo esos patrones, ya que a fin de cuenta es el único baile que nos enseñaron y que sabemos bailar… y así llegamos hasta la edad adulta, creyéndonos libres en nuestra propia jaula mental, incapaces de cuestionar nuestras ideas, por miedo a perder nuestra seguridad. Finalmente llega el día en que terminamos creyendo que la libertad es el poder elegir un menú normal o agrandado, porque mas allá de las elecciones cotidianas ¿quiénes somos? ¿qué pensamos? y ¿por qué lo pensamos? son terrenos que no sabemos ni nos atrevemos a explorar.

Vamos por la vida presumiendo lo que no somos, incapaces de reconocer entre tantas máscaras nuestro verdadero rostro… Cumpliendo el perfil que nos enseñaron, llegaremos a viejos, muriendo engañados, pensando que fuimos libres…

No olvidemos que las etiquetas impuestas, son cadenas que nos esclavizan física y emocionalmente, pero es nuestra mente lo que nos hace libres o esclavos de ellas y esto solo depende de si nos atrevemos o no a descubrir quienes somos.

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