Cuaresma 2.0

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Es curioso, los seres humanos tenemos la particularidad de medir el tiempo en forma exacta. 60 segundos hacen un minuto; 60 minutos hacen una hora; 24 horas un día y 7 días una semana; 52 semanas completan un año, que es el tiempo que tarda la tierra en completar la vuelta al sol, que si queremos ponerlo en distancia recorrida, deberíamos pensar en unos 930 millones de kilómetros. Y con esta relación es que definimos la vida, no importa de quién sea, da lo mismo decir que he vivido 41 000 millones de kilómetros recorridos por la tierra alrededor del sol o 44 vueltas alrededor del mismo. La cuestión es que somos muy precisos, tanto que los cursos de historia se preocupan más por recordar las fechas de los distintos eventos que por entenderlos.

Pero, ¿qué tiene que ver lo que acabo de decir con la Cuaresma? Todos saben que la Cuaresma cambia de fecha cada año. La Navidad es siempre 25 de diciembre, el Año Nuevo es 31 de diciembre y la Independencia se celebra siempre el 15 de septiembre. Si todo es fijo, ¿por qué la Cuaresma cambia de fecha? Esto ocurre porque a diferencia de toda la exactitud que tenemos en el resto de fechas, aquí se toma como referencia la estación climática del hemisferio norte y la luna. Pero para marcar la Semana Santa y el inicio de la Cuaresma se debe buscar el primer domingo inmediato a la primera luna llena luego del inicio de la primavera (que sería el Domingo de Resurrección) y contar 40 días previos para marcar lo que conocemos como Miércoles de Ceniza y por eso, como la vuelta de la luna alrededor de la tierra es independiente de la vuelta de la tierra alrededor del sol, la fecha cambia. Es algo parecido a esa costumbre que tenemos de medir la distancia con el sistema métrico decimal en metros o kilómetros, pero al ir al mercado pedimos en libras o al pensar en consumo de combustible lo hacemos en galones.

Esta complejidad es interesante para analizar cómo hemos creado todo un sistema de medición del tiempo a partir del recorrido de la tierra alrededor del sol, pero para marcar la fecha más importante de la Cristiandad, obviamos siglos de estudios, contemplaciones y mediciones, y nos vamos a algo distinto. Y es así que quizás esos cambios de medición solo son representativos del cambio de conceptos que tenemos sobre nosotros mismos. La Cuaresma es época de recogimiento y meditación, por ello quiero plantear esta pregunta: si Cristo estuviera en este momento en Guatemala, en vez de hace dos mil años en Israel, ¿el papel de quién nos correspondería desempeñar? No me imagino a Cristo entrando a Guatemala por el puente Belice siendo recibido con flores por la Junta Directiva de la Cámara de Industria. Tampoco me imagino a Cristo sacando a los vendedores ambulantes de la Sexta Avenida, ni predicando en el lujoso templo de Casa de Dios. Mucho menos puedo imaginarme contar entre sus seguidores a miembros de los Rotarios o a los líderes del año de la Cámara de la Libre Empresa, teniendo su Última Cena en algún restaurante de Cayalá. Solo hay dos cosas que sí podría imaginarme. La primera es a Jimmy Morales en el balcón del Palacio Nacional, rodeado del Consejo de Ministros en su totalidad, acompañados de los dignos diputados y honorables empresarios del CACIF preguntándole al pueblo si este hombre que el último domingo entró a la capital por la Ruta al Atlántico debe ser crucificado o dejado en libertad, y me veo a mí y a mis amigos en medio de la plaza gritando “¡Pena de muerte a los mareros!”, “¡Crucifíquenlo que los derechos humanos solo protegen a los delincuentes!”, “¡Esos peludos solo vienen a dividir, lo que Guatemala necesita es unidad!”. La segunda es a Cristo crucificado en el Campo Marte y con transmisión en vivo por los canales nacionales.

Y ya con esto, pregunto: si la primera venida de Cristo fuese ahora, a Guatemala y no hace 2000 años, ¿qué papel desempeñarías en los últimos 5 días de vida de Cristo? ¿Seríamos tan hipócritas de negar la realidad de lo que somos así como cambiamos la forma exacta de medir el tiempo entre cada Cuaresma?

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Amar al prójimo…


Escrito por Heini Villela Schneebeli

Desde segundo de primaria hasta quinto bachillerato estudié en un colegio católico. Quizás una de las enseñanzas que más repetían era la frase aquella de amar al prójimo como a uno mismo. Y bueno, cuando se es niño, esa frase suena bastante lógica, más cuando aún se mantiene la inocencia y la ignorancia. ¿Cómo no amar al prójimo mientras no afecte ese mundo ideal en el que vivíamos?

Recuerdo que en la colonia donde vivía éramos seis amigos. Dos de ellos eran mis vecinos inmediatos, uno de ellos gringo, cuyos padres trabajaban en la embajada de los EE. UU. y que cada domingo sin falta asistían al servicio religioso de la Union Church. El otro, hijo de una típica familia de clase media de aquella época, donde el padre era un profesional y la madre una ama de casa abnegada, y a quien nunca le faltó tener los mejores juguetes de moda. A dos cuadras vivía el tercer amigo. Hasta ahora caigo en cuenta de que nunca entendí cómo se conformaba su familia. Nunca conocí a su mamá (no sé si había muerto, o nunca salía), tampoco entré alguna vez a su casa, sólo recuerdo que tenía un perro Gran Danés negro a quien yo consideraba, en aquel entonces, tan grande como un caballo. Entendía que su papá era mecánico o trabajaba en cosas de carros. Los otros dos amigos vivían a apenas cuadra y media de mi casa, pero fuera de la colonia, en una pequeña casa de lámina. Los había conocido porque eran precisamente los hijos de la señora que nos vendía las tortillas.

Cuando iniciaban las vacaciones nos juntábamos desde temprano a jugar cincos, hacer guerras con bombas de agua o montar triciclo en un primer instante y luego bicicleta. Era raro, pero no jugábamos fútbol. A veces, en los terrenos baldíos que poblaban la colonia, nos juntábamos llevando carritos Hot Wheels que compartíamos entre todos y hacíamos mega carreteras, cada quien agregando algo nuevo al diseño. Vaya si no construimos grandes ciudades, que entre los seis administrábamos eficientemente. Ahora que lo pienso, desde entonces manifestábamos esa necesidad de construir un mundo ideal, que sólo se terminaba cuando llegaba el mediodía y los dos hijos de la señora que hacía las tortillas debían ir a repartirlas. Muchas veces íbamos los seis a hacerlo.

Por las tardes, si no salíamos a caminar por el barranco que quedaba a un lado de la colonia, nos la pasábamos jugando en la casa de cualquiera de nosotros, menos en la del amigo del Gran Danés. Así vivíamos nuestro pequeño mundo que construimos entre los seis y, al menos yo, era feliz.

Con esa realidad, ¿cómo no iba a ser fácil poner en práctica lo de amar al prójimo, como a uno mismo?

Pero en aquellos mismos días el país estaba enfrascado en una guerra civil, aunque el gobierno nunca tuvo el valor de llamarle así, sino que prefería denominarlo irónicamente conflicto armado interno. Una gran mayoría de familias se separaron porque alguno de sus miembros participaron en uno u otro bando. Otras familias perdieron a miembros y tuvieron que migrar de sus lugares de vivienda habituales al ser perseguidos. La realidad de Guatemala era tenebrosa, una realidad que perduró por muchos años y que aún hoy, en otro contexto, queda la duda de si ha sufrido algún cambio de fondo.

Amar al prójimo… fue una frase que escuché repetidas veces y aún hoy resuena a cada tanto. Pero conforme fui entendiendo la realidad que se vivía en el país (presencié tres secuestros y un asesinato, vi los cuerpos mutilados de cinco estudiantes universitarios y un enfrentamiento armado entre fuerzas del gobierno y guerrilleros), nunca vi que hubiera molestia de poner en práctica la frase. Aún hoy, cuando hay juicios como el caso por genocidio o Sepur Zarco, aquellos que vivieron la guerra en sus burbujas como la que yo tenía en mi infancia son incapaces de verse reflejados en esas personas que fueron víctimas.

Aún tan cerca, a sólo cuadra y media, mi burbuja, mi vida, era totalmente diferente a la vida de los hijos de la señora de las tortillas. Yo recuerdo una niñez placentera, momentos que se han repetido a lo largo de mi vida, aún teniendo problemas de vez en cuando, pero nadie me robó la infancia. Convivimos durante tres años, pero al final el grupo se separó. Primero, el amigo gringo regresó a los EE. UU. con su familia. Meses después, los hijos de la señora de las tortillas tuvieron que empezar a trabajar a tiempo completo y era difícil que nos encontráramos cualquier día. Con el tiempo, el contacto se hizo aún más difícil, cuando la junta de vecinos de la colonia decidió que había que poner un muro perimetral por seguridad. A veces nos brincábamos la pared y nos poníamos a jugar. Yo no entendía por qué tenían que trabajar, pero lo miraba como si fuera un juego (seguramente ellos no). Así, perdimos la diversidad del grupo. El amigo del gran danés también se fue con el papá en calidad de aprendiz de día y estudiante por las noches. Quedamos mi vecino y yo, así que hicimos nuevos amigos, pero ya nunca fue igual. Ellos, los dos niños que pasaron de ser mis amigos a ser los niños al otro lado del muro, terminaron su infancia cuando yo apenas empezaba la mía.

Por eso creo que tengo la necesidad de contar esta historia, porque aunque pretenda no ser religioso, quizás recordando las oportunidades que tuve y que ellos no tuvieron sea una forma de manifestar ese amor por el prójimo al tener hoy la capacidad de ver mi vida reflejada en la vida de ellos, e imaginar cómo mi vida habría cambiado si hubiese nacido a 150 metros de donde vivía.

Así, sin conocer a las víctimas del Triángulo Ixil o de Sepur Zarco, mi forma de cumplir con esa frase que tanto escuché repetir, es entender que mi familia pudo ser una de las familias desplazadas o masacradas: ¿Qué sería de mí si hubiera vivido en otras circunstancias?

El sólo pensar que esas mujeres esclavizadas y violadas hubieran podido ser mi madre o mis hermanas, víctimas de un grupo de hombres que tenían poder, porque supuestamente estaban ahí para protegerlas… ¡Vaya contradicción!

Por eso, cuando veo a buenos amigos comentar despectivamente sobre las víctimas, diciendo que sólo buscan dinero con los juicios, lamento que no recuerden ese amar al prójimo, como a uno mismo, porque quizás la idea requiere menos esfuerzo del necesario y pueda bastar con ser capaz de ponerse en el lugar de esas personas y entender la realidad que vivieron. Al ser capaces de hacerlo, con seguridad, esos casos se podrán ver y entender en su realidad y contexto, garantizando que no vuelvan a ocurrir.

No supe más de mis amigos. Quizás si buscara en facebook podría encontrar a un par de ellos, pero mientras tanto sólo me queda agradecer a la vida que mi primer grupo de amigos fueron muy buenos y diversos.

Y a ellos, a Lalo, Steve, Rolando, Rodolfo y Calín, mi recuerdo y el deseo de que, sin importar dónde se encuentren, les esté yendo muy bien.

Símbolos patrios

imageEscrito por Heini Villela Schneebeli

En Guatemala siempre ocurren cosas curiosas. Por ejemplo el cuestionamiento de Rodrigo Arenas, dirigente del MCN, al diputado Amílcar Pop por no cantar el himno nacional. Curioso, digo, porque quizás lo más notable del día era el retraso de cerca de cuatro horas de la ceremonia de Cambio del Mando Presidencial. No importa hacer esperar al pueblo en general (si es que estaba interesado en dicho evento), no importa tampoco la falta de seriedad hacia los invitados, tampoco importa que el retraso se debía a negociaciones para elegir la Junta Directiva del Congreso (de acuerdo a medios, estas negociaciones incluían ofrecimientos de puestos y dinero, bien fiel a la tradición de nuestros corruptos partidos políticos); lo notable para Rodrigo Arenas es que el Diputado Pop no cantó el himno.

Esta situación hizo cuestionarme si nuestros símbolos patrios realmente nos representan. La respuesta que he encontrado, es que quizás hay solo dos cosas que podríamos decir que representan a la gran mayoría de guatemaltecos: las varillas de hierro que sobresalen de los techos de concreto y la bolsa plástica negra. ¿Por qué? Bueno, primero están en todos lados. Si uno va a un pueblo, o a cualquier barrio de cualquier ciudad y levanta la vista, seguro encuentra ambos. Las varillas de hierro, representando la fe y esperanza de un pueblo por un futuro mejor que nunca llega. Algún día se agrandará la casa, aunque la única posibilidad de que ello ocurra es la partida de algún miembro de la familia hacia Estados Unidos, esto es, habrá otro piso, y el sueño se cumplirá, pero con el precio de la ausencia de alguien. Con la bolsa plástica, la situación se vuelve más simple aún, porque, o las encuentra uno volando por cualquier brisa que las eleva al cielo, o basta con bajar la vista para encontrarlas tiradas en el suelo. Recuerdo que cuando era niño e iba a la tienda, yo debía llevar la bolsa. Pero luego se popularizó la bolsa negra. Y al final entendí que para cualquier persona, por muy pobre que sea, el salir de una tienda con una bolsa en la mano, aunque lo único que lleve dentro sea un jabón de bola y dos chicles, da la sensación de poder de compra. No es lo mismo llevar el jabón de bola en la mano a llevarlo dentro de la bolsa negra. Uno siente que aunque sea pobre algo puede comprar, y que además ese algo requiere de bolsa porque vale. Viene a ser algo así como un Santa Claus de centro comercial que a lado del sillón en el que se sienta para las fotos tiene el saco con los regalos. Sabemos que los regalos son cajas vacías, pero verlo lleno ilusiona a los niños… ¿Qué sería de los niños si lo único que hubiera a lado fuese una pequeña caja?

Y así, a partir de ahora, no tomaré al quetzal, que nunca he visto además, como símbolo, cuando la verdadera libertad de consumo en nuestro país la representa más plenamente la bolsita negra de plástico. Tampoco me preocuparé de que si alguien canta o no el himno nacional, cuando a la verdadera fe en este país la representan esos miles de techos fundidos con varillas saliendo para construir un segundo piso que probablemente nunca verán.

Libertad

Escrito por Verónica Servent Palmieri

Desde que nacemos, no pasa ni un mes sin que nuestros padres nos pongan nuestra primera etiqueta de rigor, aquella que nos da acceso al registro civil (que nos permite pertenecer a una sociedad determinada). Esta pertenencia desde el nacimiento, nos compromete y nos da derechos (si no estás registrado no existes aunque respires, es así de “simple”), asignándonos un nombre y convirtiéndonos en un número que sin él, no somos nadie en esta sociedad…. La etiqueta del “nombre” es el primer paso a nuestra identidad y posición en nuestra constelación familiar… Vaya responsabilidad de los padres al momento de elegir nuestros nombres, porque a esto sumemos que cada nombre tiene su significado y características de personalidad (o sea que ya no solo corresponde a lo genético, a lo psicológico y al ambiente y condiciones de vida), sino que ahora resulta que el nombre también salpica sobre nuestra forma de ser….

Después vamos creciendo puros e inocentes con un instinto nato de sobrevivencia y un deseo de descubrir, explorar y sentir. Y nuestros padres con todo el amor que tengan y lo que hayan aprendido en su carrera de vida, tratan de transmitirnos su poca o mucha sabiduría, utilizando un inventario de recursos: amor, apoyo, manutención, guía y una tendencia constante y exagerada, de varios “no” (no hagas eso; no toques aquello; no llores; no grites; no, te dije ¡ya!, etc.). A ello se le agrega un sin fin de “deberías” (deberías ser más educado; deberías hacer las cosas cuando te las pido; deberías poner más atención; deberías ser más tranquilo…). Nuestros padres y hermanos van estableciendo el papel que jugamos en nuestro primer grupo al que pertenecemos: nuestra familia. Estudios empíricos han mostrado que cuando a las personas se les coloca arbitrariamente en unos roles, comienzan a actuar de acuerdo con los mismos. Y así nos vamos formando entre amor y condicionamiento, logrando como resultado la limitación de nuestra espontaneidad con el único fin de hacernos funcionales en esta sociedad, donde curiosamente, el más normal pareciera ser el más reprimido y no el más sano emocionalmente.

Empezamos a estudiar (los que tenemos la oportunidad de hacerlo, ya que aunque nos repiten que es un derecho, en la práctica resulta ser mas una oportunidad para quienes puedan pagarlo y/o tengan acceso a este privilegio, sin ser esto, una garantía de buena enseñanza) y allí, en la escuela o colegio, es donde se formaliza el aprendizaje diciéndonos que debemos de pensar, como debemos comportarnos y que debemos ser. A esta etapa le sigue otro conjunto de etiquetas impuestas por nuestro grupo de amigos (que transmiten el conocimiento adquirido en sus casas como un archivo heredado, lleno de juicios y prejuicios que son tomados como una verdad absoluta, donde más que convicción, es adoptado sin riguroso proceso de cuestionamiento, como parte de nuestra identidad) y las maestras que se pintan solas para descubrir y hacerle saber a sus alumnos, quien es el haragán de la clase, el chingón y el clásico intelectual o matadito… Estas etiquetas son las pinceladas que van coloreando el cuadro de lo que somos y como nos vemos. Así, sin que nosotros nos demos cuenta, nos va marcando nuestro paso por la vida.

Entramos a la adolescencia, época de rebeldía, donde tenemos destellos de una lucha por encontrar nuestra propia identidad. Se experimenta un incremento en la autosuficiencia, sin dejar por completo la dependencia de nuestros padres, viviendo todo esto entre ansiedad y hostilidad, creando un estado de confusión, donde aseguramos que la retahíla de años que nos llevan nuestros papás, no significa nada, ya que “eran otros tiempos”, como si se hubieran quedado encapsulados en esa época sin salir todos los días a buscarse la vida, trabajar e interactuar con el mundo actual. Sin embargo, nosotros como adolescente creemos que sabemos más sin tener ni idea de que queremos en realidad, ni de quienes somos en este punto. La actitud es estar siempre en contra de los que están a favor, sin entender que estamos llenos de patrones aprendidos, y que podemos estar casi por inercia repitiendo esos patrones, ya que a fin de cuenta es el único baile que nos enseñaron y que sabemos bailar… y así llegamos hasta la edad adulta, creyéndonos libres en nuestra propia jaula mental, incapaces de cuestionar nuestras ideas, por miedo a perder nuestra seguridad. Finalmente llega el día en que terminamos creyendo que la libertad es el poder elegir un menú normal o agrandado, porque mas allá de las elecciones cotidianas ¿quiénes somos? ¿qué pensamos? y ¿por qué lo pensamos? son terrenos que no sabemos ni nos atrevemos a explorar.

Vamos por la vida presumiendo lo que no somos, incapaces de reconocer entre tantas máscaras nuestro verdadero rostro… Cumpliendo el perfil que nos enseñaron, llegaremos a viejos, muriendo engañados, pensando que fuimos libres…

No olvidemos que las etiquetas impuestas, son cadenas que nos esclavizan física y emocionalmente, pero es nuestra mente lo que nos hace libres o esclavos de ellas y esto solo depende de si nos atrevemos o no a descubrir quienes somos.

Prosaicos ditirambos, la respuesta a Armando la Torre sobre Israel

Escrito por una persona que prefiere mantenerse anónima…

Decidí escribir estas pocas líneas después de leer con piadosa conmiseración la columna “La decencia, hoy, la pronuncio Israel”. Un loor de tierras tropicales, cuyo autor es catedrático universitario en el país con uno de los peores índices académicos del planeta. En su oda lastimera, hace un burdo elogio a Israel con los: ¡Oh! respectivos y la mas irritante de las visiones maniqueas de lo que allá sucede.

La sublimación en el artículo finalmente roza lo ridículo. No obstante, me inquietó cuando recibí copia de varios remitentes, sobre todo tratándose de personas que supuestamente pertenecen a la minusválida élite intelectual guatemalteca.

Ante tanta insulsez, me es difícil empezar a analizar tal panegírico, en primer lugar porque se argumenta y justifica a Israel por contar en su inventario con el primer Dios que se nos ha revelado como persona y tener a un Moisés que con sus mandamientos nos ha hecho de veras humanos.

Israel fue una teocracia durante toda su historia, el dios descrito en el Pentateuco fue una de las deidades mas despiadadas y sangrientas, rasgos típicos de los dioses guerreros orientales en la antigüedad. Sin embargo, es verdad que existe una diferencia entre el Yaveh judío y sus pares griegos, romanos y babilónicos; esto es el ingrediente nacional etnocentrista de su culto, que ha provocado tantas desgracias a los descendientes de Abraham.

Lejos de integrarse a las sociedades que durante toda la historia les hospedaron, los judíos persistieron en mantener un nacionalismo que por lógica debió perecer en las insondables arenas de la historia.

Millares de pueblos como los etruscos, partos, ilírios, tracios, burgundios, cimbros, bretones, galos, vándalos, visigodos, francos, sabinos, campanos, y helvecios; desaparecieron en el tiempo para integrarse en reinos cada vez mas grandes y que a la postre, derivaron en los estados nacionales. Los israelitas, vieron destruido su templo por los flavios en el siglo I y fueron expulsados de Palestina por Adriano la centuria siguiente. Nada mas que la friolera de 1,800 años.

La pervivencia de su nacionalismo, quizá sea explicable por la mala suerte de haber sido el pueblo predilecto que acompañó a la corte de Akenatón en su marcha hacia la tierra prometida de Amarna durante el siglo XIV antes de Cristo y deber el nacimiento de su religión al faraón que decidió personificarse como hombre-dios representante del disco solar Atón, sin tener “simulacro”, es decir, personificación corpórea y por ello convertirse en la primera manifestación monoteísta documentada en la historia. La “memoriae damnatio” tras la muerte de Akenatón, evidencia la hostilidad de sus sucesores, pues la corte regresó a Tebas y el pueblo judío fue sometido de nuevo a su antigua esclavitud. Al parecer los herederos de Adán jamás se recuperaron de aquella experiencia.

Cuando en la escritura el primer profeta revelado (Abraham) habla con el arbusto ardiente, se evoca a la representación del dios-sol egipcio y el candelabro de los siete brazos es la alineación de los planetas conocidos en la teogonía de las poblaciones que vivían en los bancos del Nilo. Arquetipos adquiridos en el tiempo, “remanentes arcaicos” diría Jung; todos los pueblos los han tenido a lo largo de su historia y los mitos religiosos siempre han transmitido las mismas enseñanzas y alegorías sobre las actitudes humanas. Hasta las características de los embusteros son similares y podemos identificarlas en Ulises y Jacob.

Occidente desde hace miles de años, ha tenido fascinación por el oriente y su misticismo, las iniciaciones en los misterios eleusinos, el culto a Diana de Efeso, la llegada del extranjero Dionysos al panteón helénico, el culto a Esculapio, Isis y luego las tendencias monoteístas de Mitra, El Gabal y el cristianismo mismo siempre fueron del este. El monoteísmo era algo que se avizoraba ante el agotamiento natural que las viejas creencias acusaban, como después ocurrió con los protestantes, mormones y últimamente el yoga, la cienciología, los reptilianos y la atribución galáctica a Jesucristo y los dioses de lugares recónditos en Sudamérica y oriente. Sin embargo, el judaísmo nada tiene que ver con la evolución y separación del cristianismo oriental que en poco tiempo fue occidentalizado y adaptado a las instituciones que hicieron a los romanos los seres mas libres en la antigüedad.

Nuestro autor peca grandemente al contar la historia y decidió borrar de un plumazo todo lo que occidente debe a la antigüedad greco-latina. Cualquiera creería que la nación donde nace la primera democracia en el mundo fue en la tierra de Job y no donde dejó el ombligo Tucídides. Pareciera que “La República” la escribió algún ilustre hijo de la casa Levítica e incluso se creería que la protección del ciudadano a través de distintas magistraturas se dio en Galilea y no donde se establecieron los teucros tras llevarse el paladio de su destruida morada.

La religión de un pueblo cuya sociedad era comandada por los sacerdotes del Sanedrín, donde no existía el concepto de “ciudadano” y mucho menos algún derecho para aquellos que no perteneciesen a la familia de Edom o Levita, debió ser civilizada por aquellos que se vieron en la necesidad de adaptarla a la incrédula y sofisticada sociedad romana. Constantino fue el sincretista oficial, debió lidiar con el incómodo huésped que era esa teología primitiva considerada bárbara en cuanto a su cosmogonía y estructura. En el concilio de Nicea se oficializó la romanización del nuevo testamento, que en sí, tenía ya cuestiones que para la época eran consideradas como absurdos por las élites intelectuales. Tal fue el caso del “logos” que se hace persona, siendo un concepto que para los pensantes estaba fuera de la historia, era providencia universal y pertenecía al todo, no podía individuarse. Debió recurrirse a Aristóteles para dar un razonamiento lógico a la naciente religión.

El pensamiento hermético estaba en boga, los gnósticos y los pitagóricos eran corrientes que diferenciaban a los académicos de la chusma cristiana. Celso es un invaluable testimonio de lo que en ese tiempo sucedía.

Paulatinamente, el cristianismo debió despojarse de sus ínfulas orientales y pasajes como el de Poncio, lavándose las manos por la sangre de Cristo responsabilizando a los sacerdotes hebreos; ilustran este sutil rompimiento que le transformaría en una entidad occidental, alejada de todo vestigio que tuviese parentela con el dios nacionalista del Pentateuco. Los mandamientos de Moisés estaban codificados desde hacía siglos con la ley de las “Doce Tablas”, las magistraturas eran sólidas, los ciudadanos del imperio tenían derecho a abogados, elegían a sus autoridades a través de los comicios centuriados e incluso existía un tribunal para evitar abusos de amos contra esclavos. Si bien no era un sistema perfecto, fue obvio que un pueblo teocrático como el judío era totalmente extraño a este tipo de ideas, mucho menos a la tolerancia y aceptación que Roma exhibía con deidades foráneas.

La imposición de un solo dios como desafortunado legado de los judíos a cristianos, es la génesis de las luchas religiosas que hasta hoy asfixian a buena parte del mundo. El fanático rechazo de los primitivos cristianos a rituales religiosos imperiales que tenían que ver mas con el pensamiento jurídico romano, que con un acto de fe (nunca hubo profetas e iluminados en Grecia y Roma); trajo la muerte a varios de ellos. La iglesia y películas de los 50, exageraron los hechos que ocurrieron a partir de Aureliano.

La famosa democracia en Israel que menciona el autor del artículo, es gracias a occidente y nunca a los diez mandamientos de Moisés, al modelo de sociedad hebreo y menos producto de los macabeos, esenios o algún profeta iluminado en el medio oriente. Es un aporte europeo.
Los etruscos fueron conquistados por los romanos tras la expulsión de los Tarquinos hacia el siglo V antes de Cristo, se convirtieron en romanos y luego italianos; los insubros fueron conquistados durante el siglo IV, los cartagineses expulsados de Hispania, los vándalos del norte de África, los uticenses ya no existen, los bretones se debieron fusionar con los anglos y luego los sajones, hoy son ingleses. Los helvecios debieron ceder a la agresión de otras tribus germánicas, de francos e italianos; hoy son suizos.

Las tierras que ocupaban los judíos, fueron a partir del siglo III poseídas por beduinos que según la mitología judía eran descendientes de Agar, la esclava despreciada y abandonada en el desierto por Abraham tras el milagroso embarazo de su esposa Sara. Durante mas de diecisiete siglos las habitaron, después en el siglo XIX, cuando Palestina era un protectorado inglés, a instancias de Lord Rotchild y tras el caso Dreyfuss los judíos deciden comprar un lugar para construir un país. Existían dos posibilidades: Argentina o el levante mediterráneo. Finalmente se decantan por la última opción ante una supuesta afinidad histórica, que en realidad se trataba de la poderosa influencia del banquero en el parlamento inglés. Aquellos que durante incontables generaciones vivieron allí, de la noche a la mañana se vieron marginados y separados de sus tierras por gente que por más de 1500 años jamás había estado en ese lugar. Gente que inmigró por millares diariamente, en su mayoría procedente de Rusia y los Balcanes.

Gracias a inmensas fortunas formadas desde el renacimiento por los intereses de los prestamos judíos en Europa, se contó con los medios para levantar una nación de la nada. Es anecdótico que cuando se discute en Basilea la formación del estado judío, sólo 2 personas hablaban hebreo en el mundo.

La formación de un estado artificial, causa una espiral de violencia que no tiene salida y solución. La expansión de territorios tras la guerra de los 6 días, construcción continua de nuevos asentamientos y el campo de concentración donde están los palestinos en la franja de Gaza; se han convertido en escándalo mundial. Sobre todo viniendo de un pueblo que sufrió las barbaries de Stalin y Hitler. Lejos de admirable, el pueblo judío ha equivocado el expediente para su sobrevivencia, pues al final los toltecas hoy son mexicanos, los araucanos, alemanes y españoles que llegaron al sur son chilenos y los descendientes de italianos que emigraron al río de la Plata hoy se sienten mas argentinos que San Martín por citar algunos casos. Se han integrado a las sociedades donde llegan. Hoy no se legitima a los hijos a través de la madre para asegurar la sangre (como ocurre en Israel) y la mezcla de razas sin duda ha enriquecido al mundo. Destacar logros de judíos en el mundo, pesa tanto como los logros de estadounidenses, alemanes, guatemaltecos, italianos, árabes, brasileños o belgas. En todas partes hay personas extraordinarias y despreciables. A los árabes semitas debemos el álgebra, la numeración de posición, la doctrina astrológica de las conjunciones, medicina y el rescate de tesoros antiguos del conocimiento que Europa extravió durante el oscurantismo. Materia que nada debe hacer con el extremismo desatado entre sionistas y radicales musulmanes.

Decir que el canciller guatemalteco es infame por reconocer a los palestinos el derecho a tener un estado, es ignorar deliberadamente la historia, ello es hasta aceptado por las mismas autoridades de Israel; que se han visto bajo los reflectores por la crisis humanitaria que han ocasionado. Guatemala fue de los últimos en dar ese paso, debido a la situación en la región que reitero: no tiene solución. El terrorismo fue el “modus operandi” iniciado por los judíos en los años 30 cuando buscaban independizar los terrenos adquiridos del protectorado británico y luego seguido terriblemente por los extremistas islámicos.

Hoy justos pagan por pecadores en ambos bandos, la espiral es interminable y la obnubilación por el odio amenazan con detonar al mundo, más aún cuando formadores de opinión argumentan derechos ancestrales utilizando profecías como la restitución de la casa de David, el destino manifiesto o la protección divina.

Es irónico que el artículo en mención haya surgido en Guatemala, pues cuando se trata de derechos ancestrales para indígenas que fueron despojados de sus tierras hace menos de 500 años, entonces sí prevalece lo recientemente acaecido. Parece que el origen divino de un pueblo guerrero como el judío, vale mas que la igualmente rica cosmogonía de los guerreros mayas.

Nombres propios

 

 

Claudia González

¿Porqué escogemos un nombre? Básicamente porque tenemos un gusto especial por él, porque nos identificamos con algo de lo que representa o porque queremos rendir homenaje a alguien importante de alguna manera para nosotros. Nadie podría a su granja “holocausto” o a su hijo “mierda”, tampoco llamaría a su mascota “Hitler” (a no ser que sea un retorcido y quiera que el mundo lo sepa).

Tres ejemplos breves:
Jorge Ubico: Dictador de Guatemala de 1931 a 1944, entre otras cosas se caracterizaba por incluir en su (ab)uso del poder la llamada Ley Fuga: eliminar físicamente a los presos políticos o a quienes se consideraba simples enemigos del régimen […] Consistía en liberar al preso en un lugar desolado y dispararle por la espalda, para después aducir que había muerto mientras trataba de escapar (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).

Rafael Carrera: otro dictador de Guatemala (¡dos veces!) Dirán que el país creció económicamente con el… a base de crueldad y brutalidad que la casta y la Iglesia ignoraban.

Dolores Bedoya de Molina: La llaman “la mujer de la independencia” pues fue la única que participó en el suceso ilusionista. Sabemos bien que la independencia no fue para liberar a Guatemala de la corona sino para liberar a los criollos de ella y pudieran así quedarse con todo, esto no se ha movido un ápice en Guatemala. Ejemplos de ello sobran (leer “Guatemala, linaje y racismo” de Marta Elena Casaús Arzú o “La patria del criollo” de Severo Martínez Peláez entre otros, o abrir los ojos a la realidad oligopólica, entre otras).

Tres pasos a desnivel en ciudad de Guatemala han sido bautizados con estos nombres propios por el siempre alcalde capitalino Alvaro Arzú Irigoyen. ¿Qué podemos decir de sus razones para escoger estos nombres? O quiere burlarse de todos nosotros y demostrar así, una vez más su prepotencia, o sus inclinaciones/identificaciones/gustos quedan claros como el agua…No queda mucho más que decir de personajes así.

 

 

Negocios ilícitos

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EL BOBO DE LA CAJA
Andrés Zepeda
lacajaboba@gmail.com

Dos semanas atrás (bit.ly/1yowepH) compartía el ejemplo referido por un buen amigo mío cuyo padre, a sus noventa años, disfruta todavía echándose los tragos dueño de una salud envidiable y de una mesura digna del mismísimo Epicuro.

Lo que no hice fue revelar el secreto que, según él, lo mantiene así de lozano y vivaz: “Yo me empino cualquier trago siempre que sea con medida y, sobre todo, que no venga de ninguno de los monopolios nacionales”, dice mi amigo que le gusta repetir a su papá.

Imagino yo que se referirá al duopolio cervecero (dejó de ser monopolio hace diez años, desde que un tronco de la misma familia viene troceándole la exclusividad a sus primos) y al cártel congregado en torno a la Asociación Nacional de Fabricantes de Alcoholes y Licores (ANFAL, colusión oligopólica creada en 1947 con el beneplácito del entonces presidente Arévalo).

Siendo así, los únicos productos locales que van quedándole disponibles son los elaborados artesanal y clandestinamente: gifiti, caldo de frutas, boj, cusha, etcétera. De lo contrario, qué se me hace que su preferencia apunta hacia las bebidas importadas.

El problema con éstas últimas es que bien pueden tratarse, asimismo, de negocios lesivos al principio de la libre competencia: tal es el caso del ron Flor de Caña en Nicaragua, y del descomunal acaparamiento de marcas cerveceras en todo el mundo a cargo del gigante AB ImBev.

Y el problema con la producción clandestina es su escaso control de calidad. Para eso, nada como realizar una compra debidamente informada –o, en su defecto, preparar uno mismo sus propios brebajes.

¡Salud!

(publicado originalmente en http://www.elperiodico.com.gt/es/20140620/lacolumna/249528/, viernes 20 de junio, 2014).