Ve, qué de a huevo Arjona

  Texto: Andrés Zepeda (el bobo de la caja)

  Quienes ya no somos tan jóvenes recordamos cómo, en un recital que a mitad de los ochentas ofreció Alux Nahual en el Colegio Alemán, el telonero –nada menos que Ricardo Arjona– fue bajado del escenario a centavazo limpio por aquella concurrencia tan febril como excluyente.

No me extraña, entonces, que poco después haya decidido largarse en busca de una fortuna que no pudo hallar aquí; expulsado, como millones de otros compatriotas, por la falta de oportunidades que le impedían cosechar ese merecido reconocimiento del que ahora goza. Lo que sí me extrañó fue su respuesta publicada el domingo pasado en Prensa Libre: no sé si sentirme aludido en ella; de hecho, ni siquiera estoy seguro de si sea dable hablar de prensa verdaderamente libre en nuestro país.

Como sea, me late que a nuestro máximo orgullo nacional sus familiares (o sus orejas) lo han informado pésimamente acerca de lo que ha venido ocurriendo en Guatemala desde que –sensato que es– optó por hacer maletas e irse de casa.

Llevo casi diez años de no ocuparme de él ni de su música en los desplegados a los que hace referencia, pero en cambio sí me he pronunciado (hace poco y varias veces) en programas de radio aludiendo a las campañas que, como su aparentemente cándida Guatemorfosis, pretenden realizar un bombástico operativo: hacer que la responsabilidad de nuestros problemas se traslade (‘como quien no quiere la cosa’, en clave irresistiblemente optimista, con sabor azucarado y a ritmo de música pop) desde quienes los han ocasionado hacia quienes los padecemos. Ve, qué de a huevo.

De entre una ocurrente colección de imprecisiones, hay en su misiva un señalamiento que considero particularmente grave: ligar nuestra crítica “a los métodos viejos que a ningún lado nos llevaron en el trayecto de nuestra historia”. Mucho cuidado. Hasta donde yo sé, ninguno aquí ha abandonado aún esa trinchera “al regazo de una computadora” (que no siempre es tan cómoda como él supone) para empuñar de nuevo los fusiles. Que quede claro, por favor.

Por lo demás, lo que sí hacemos, cada uno a partir de sus propias limitaciones y lidiando con sus personales filias y fobias, es expresarnos con palabras como también lo hace él.

A propósito, me pregunto: ¿Quién será más resentido? ¿El que insulta de ida? ¿O el que escupe de vuelta tildando a sus agresores de zopilotes voraces, carroñeros, viperinos, arrogantes, panfletarios, malintencionados, inmovilistas y tibios? Fuiste tú, Ricardo.

Y ya que nos pide ideas, aquí le van algunas que al vuelo se me van ocurriendo:

Uno. Ante todo, tomar partido a favor de la libre circulación de esas ideas de las que tanto nos gusta hacer alarde a la hora de señalar cómo otros (siempre son otros) critican, pero (eso dicen) ‘no proponen’. Y ojo, porque asumir un compromiso en pro de la libertad de expresión pasa necesariamente por denunciar cualquier acto de censura; por ejemplo, el protagonizado por Radio Nuevo Mundo el pasado 24 de febrero por presiones de la Pepsi (o de su agencia) y en contra del Grupo Intergeneracional.

¿Así se transforma Guatemala? ¿Es eso ‘no fallarle a mí país’? Ojalá no llegue, él también, a verse algún día silenciado por el oscuro velo de la censura.

Dos. No confundir los ataques que algunos vertieron sobre su persona con las críticas que otros hicimos en referencia a la Pepsimorfosis e iniciativas simi- lares, acaso bienintencionadas pero asimismo engañosas por insuficientes, por conformistas, por resignadas y por reaccionarias.

Tres. Hacer honor a su reciente investidura de artista independiente y deslindarse, en nombre de la dignidad propia y por respeto a sus seguidores, de marcas que –como la Pepsi en nuestro país– operan bajo el régimen de maquilas para eludir obligaciones tributarias y establecen contratos de exclusividad con sus clientes, socavando con ello la libre competencia a través de procedimientos monopolistas.

  Cuatro. Entender que, si de contar “las virtudes de Guatemala en el extranjero” se trata, la tentativa necesita ir más allá de mostrar sus bucólicos paisajes. En cambio, habría que empezar por dotar a las comunidades ubicadas en tan bellos rincones de los servicios necesarios para atender el flujo de turistas atraídos por el video musical del momento, a fin de evitar que más pronto que tarde huyan despavoridos a causa de nuestros alarmantes índices de escasez, insalubridad y barbarie.

Cinco. Combatir la desnutrición infantil, la migración de indocumentados, la violencia y el abandono familiar, la economía informal, el crimen organizado, la conflictividad social y, en suma, la obscena brecha entre opulencia y miseria. ¿Cómo? Yendo a la raíz de los problemas en lugar de exhortarnos, cancerígena Pepsi en mano y encaramado en su Jeep color naranja, a “cambios personales como principio de contagio”.

¿Cuál es la raíz de los problemas? Un sistema económico que favorece a los mismos pocos de siempre en detrimento de las grandes mayorías. Una élite empresarial (de la que él es socio y, por lo tanto, cómplice) atrasada, ignorante, mercantilista, haragana y tacaña. Un Estado inepto y corrupto.

¿Qué hacer para extirpar esa raíz? Fácil de decir, difícil de lograr: mayor participación ciudadana, mejor organización de la sociedad y compromisos –tanto individuales como sectoriales– que vayan más allá de la adscripción a modas y el consumo de marcas.

Ahí se la dejo.

 

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