¿Y ahora qué?

                                                                                                                                    Escrito por Heini Villela Schneebeli

Ha pasado ya la jornada de protesta.  Las redes sociales se han llenado de fotografías de la gente que participó.  Muchos que nunca habían manifestado, lo hacían por primera vez. Fue notoria la capacidad de organización y movilización de grupos como los estudiantes de la San Carlos.  Pero fue agradable ver a otros grupos, sin la misma experiencia de lucha, haciendo lo propio, expresándose y sintiendo por un momento el ejercicio de la libertad. En general, los que protestamos pertenecemos a una clase media urbana, que en su mayoría nunca ha tomado este tipo de acciones para expresarse y aquí estuvo lo novedoso.

El comentario más repetido de satisfacción fue que en la manifestación no hubo distinción de clases ni ideologías.  Nos sentimos uno solo, quizás como esos momentos en que la selección de fútbol aún no ha perdido un solo juego y se tiene toda la esperanza de poder clasificar para el mundial.  Solo que en la tarde del sábado se sintió un poco más, la esperanza no era por la clasificación, sino que era por poder derrumbar las paredes que nos dividen, darnos cuenta de que nuestras similitudes superan por mucho nuestras diferencias.  Esa tarde también se celebró la fe, aquella que nos dice que sí puede haber un futuro mejor, que sí lo podemos construir, que somos capaces.  

Pero esa tarde ya quedó en el pasado. La emoción se irá transformando en incertidumbre ante el resultado que vaya a obtener esa manifestación en los próximos días. Si nada cambia, los sentimientos de fe y esperanza serán sustituidos por frustración y desencanto. Pero es ahí donde debemos detenernos y pensar que no podemos aceptar que también nos vayan a robar esto: nuestra dignidad.  Algo podemos sacar de este día, y es el empezar a vernos de forma distinta. Darnos cuenta de que por años nos han enseñado a tratar como criminales a aquellos que protestan.  Los hemos visto como los otros, los enemigos, los terroristas.  Aprender a compartir con ellos ese sentimiento de impotencia ante un sistema que no da justicia, más que para aquel que la pueda pagar.  Compartir esa frustración de ser ignorado por el sistema mientras se lucha por la vida.  Ayer nadie arriesgó su vida, como sí ocurre en San José del Golfo, Jalapa, San Juan Sacatepéquez o Huehuetenango.  Este es el momento de tener la empatía para entender las realidades de esas comunidades y darnos cuenta de que tenemos más en común con ellos. Que sus protestas son también nuestras protestas. 

Nuestra lucha estos días es contra la corrupción y el robo de las oportunidades de una mejor vida.  Hoy son Pérez Molina y Baldetti quienes representan el rostro de ese sistema corrupto, pero todos sabemos que no empezó con ellos.  Así, deberíamos entender que las comunidades que hemos considerado “terroristas” tienen su lucha contra un sistema que les robó el futuro hace mucho tiempo, y su oposición a las minas, hidroeléctricas o cementeras es porque representa ese rostro ante ellos.  Ese mismo sistema que ha mantenido en la impunidad a quienes han saqueado este país.

En conclusión, no sabemos cuál será el resultado de  la manifestación del sábado 25, quizás nos tocará salir muchos días más a protestar.  A lo mejor se podrá instaurar un horario de sartenazos, pitos y gorgoritos.  O un minuto de silencio donde se detenga toda actividad, incluido el tráfico. No lo sé. Esto no deberá parar acá. Pero para mientras hay una semilla que, si lo permitimos, habrá germinado el 25 de abril, y es el entender la lucha de los otros, la de los más olvidados, como nuestra propia lucha.  Y ahí sí, que se sepa de una buena vez, que quizás no se llegue a capturar a los verdaderos cabecillas de La Línea, ni acabar con la corrupción, pero esta crisis habrá marcado el inicio del entendimiento entre diferentes sectores de nuestra sociedad y la claridad de que el enemigo no es un campesino, un maestro o un empresario, sino un sistema corrupto que le ha robado las oportunidades a ese campesino, a ese maestro y a ese empresario.

La candidez de la ignorancia

Pequeña muestra de la obstinada actividad cerebral de las hormigas.

 Mario Roberto Morales

 

Entre las frases célebres de Marx y Engels hay una en El Manifiesto Comunista que ha sido adoptada por algunos pensadores contemporáneos como lema de la posmodernidad. Es la que dice: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

 

Esta frase, usada por Marshall Berman como título de uno de sus libros, la escribieron nuestros autores para metaforizar el hecho de que las nuevas relaciones capitalistas de producción disolvían los criterios que cohesionaban las relaciones comunitarias tradicionales del Medioevo en materia económica, social y afectiva, las cuales, por siglos, habían constituido todo lo sagrado y lo “sólido” de aquellas sociedades. De pronto, con el capitalismo, se instauraban nuevas relaciones sociales basadas sólo en la fuerza de trabajo individual que las mayorías fueran capaces de vender al mejor postor, dando con ello lugar a un nuevo criterio de cohesión y legitimación entre los seres humanos: el criterio del egoísmo individualista como norma de la convivencia social. Esto, porque todo aquello que sostenía las relaciones comunitarias y las solidaridades gremiales y colectivas en general (lo “sólido” medieval), necesitaba ser disuelto por las nuevas relaciones de producción (basadas en la compra-venta de la fuerza de trabajo individual) para que el nuevo sistema funcionara. Este cambio en las relaciones sociales de producción implicó el paso de la antigüedad a la modernidad.

 

La frase no alude a nada “lamentable”, sino a un hecho histórico que Marx y Engels consignan como parte de una explicación que pretende ser objetiva. No dicen que esto pudo haber sido de otro modo. Lo consignan porque así fue, y punto. No se trata de una afirmación hecha al aire, como una de esas “citas citables” del Reader’s Digest, sin referencia a ningún hecho concreto. No es una ocurrencia irresponsable, como suponen quienes, desde la candidez de la ignorancia, califican a Marx como un soñador que pretendió poner en práctica la utopía del bienestar colectivo. Estos ignorantes cándidos no logran entender que la utopía no se puede poner en práctica porque deja de ser utopía, ni que tan sólo es una guía para la acción. Tampoco, que Marx fue un hombre práctico. Basta revisar su biografía para enterarnos de su actividad en la vanguardia de la organización obrera de la Europa de su tiempo.

 

Los ignorantes cándidos tampoco entienden el principio socialista “De cada quien según su capacidad y a cada cual según su necesidad”. Los pobres suponen que esto implica repartirlo todo igualitariamente de modo que un psiquiatra gane lo mismo que un lustrador de zapatos, y que la tierra se reparta a todos en partes iguales para que a cada uno le corresponda una maceta. Uf. Ni Marx ni Engels propusieron nunca semejante imbecilidad. No logran entender nuestros cándidos ignaros que el viejo Karl venía de la tradición liberal europea y que el concepto de “justa distribución de la riqueza” lo asumía como igualdad de oportunidades (no de logros). Tampoco, que el principio de marras expresaba la meta utópica del socialismo y que a ella se llegaría no repartiendo en partes iguales todo lo que existe, sino mediante el desarrollo de las fuerzas productivas hasta alcanzar un bienestar no sólo de las élites, sino también de las mayorías.

 

Como vemos, Marx es la sombra del Monte Everest sobre un hormiguero en el que cunde la obstinada actividad cerebral de las hormigas.

 

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University economics teaching isn’t an education: it’s a £9,000 lobotomy

University economics teaching isn’t an education: it’s a £9,000 lobotomy

Economics took a battering after the financial crisis, but faculties are refusing to teach alternative views. It’s as if there’s only one way to run an economy.

(nota a cargo de Aditya Chakrabortty publicada en The Guardian el viernes 9 de mayo del 2014).

Guatemala: el haz y el envés de la impunidad y el miedo

Guatemala: el haz y el envés de la impunidad y el miedo

Las estrategias militar-empresarial-gubernamental contra la justicia y la resistencia.

¿Alguien sabe a cargo de quién(es) estuvo la investigación y la redacción de este documento?

Piedad sin escrúpulos

Mario Roberto Morales

 

Sobre el goce del descreimiento y una variante de la fe que obra.

 

Es asunto sabido que la religiosidad popular es predominantemente ritual y que en ella no suele intervenir el conocimiento teológico y tampoco el dogmático. El pueblo no concibe la religión sino como una ritualidad circular, repetitiva, rutinaria y disciplinada. Y cree que con eso agrada a sus dioses. Esto explica por qué cualquier charlatán puede fundar una iglesia y hacerse rodear de fieles que lo enriquecen de la noche a la mañana con sus diezmos, permitiéndole así comprar franquicias religiosas de cualquiera de las corporaciones transnacionales de la fe. De aquí que, en sus Silogismos de la amargura, Cioran diga que “Sin la vigilancia de la ironía, ¡qué fácil sería fundar una religión! Bastaría dejar a los mirones agruparse en torno de nuestros trances locuaces”.

 

Porque no hay duda de que los fundadores de religiones e iglesias carecen del sentido de la ironía, de la capacidad de distanciamiento crítico respecto de su impulso de mentir y de mentirse. Ya que sólo un autoengañado o un mentiroso puede ser tan estrambótico como para asumirse como santo o, cuando menos, como guía espiritual de desorientados, pastor de ovejas descarriadas, consejero de estupefactos, padre de huérfanos de criterio y voluntad. Por eso, sigue diciendo Cioran, “La santidad me hace temblar: esa injerencia en las desgracias ajenas, esa barbarie de la caridad, esa piedad sin escrúpulos.” Y todo porque, como persiste en espetar el brillante pensador rumano: “Hace dos mil años que Jesús se venga de nosotros por no haber muerto en un canapé”.

 

Para ser libre, pues, a la persona religiosa sólo le queda la salida (no del ateísmo, sino) de la herejía, ya que únicamente por su medio puede sentir que ha retomado el control sobre sí misma, sobre su conciencia, su fuerza creadora y su voluntad. Allí está Buñuel para probarlo. Por ello, afirma nuestro filósofo, “¡La posibilidad de renovarse mediante la herejía confiere al creyente una neta superioridad sobre el ateo”. Ya que éste es otro creyente, otro rehén de una convicción esclavizadora, en vista de que su fe sólo adquiere solidez como contraposición a otra. Y ya se sabe que una consistencia derivada de negar una anterior es una solidez vacía (valga el oxímoron). Esto ocurre en Guatemala con los “mayas” antiladinos, con los ladinos antiindios y con los criollos antiindioladinos; y en Estados Unidos con los supremacistas blancos.

 

La primera de estas citas de Cioran explica el crecimiento atropellado de los protestantismos en nuestros torvos páramos. Y las siguientes ilustran la crisis del catolicismo actual. No por gusto afirma nuestro nihilista predilecto que “Para recobrar su autoridad sobre la gente, el catolicismo necesita un papa furibundo, carcomido de contradicciones, impartidor de histeria, dominado por una rabia de hereje, un bárbaro a quien no le estorben dos mil años de teología”. Y, como si hubiera atestiguado la reciente santificación de un papa encubridor de curas pedófilos, remata afirmando que “Desde finales del siglo XVI, la Iglesia, humanizada, no produce más que cismas de segundo orden, santos vulgares, excomuniones irrisorias”.

 

Por todo lo dicho, nuestro gloriosamente acerbo pensador exclama, satisfecho de sí mismo, “Con qué urgencia me descristianizo desde siempre.” Ante lo cual sus devotos coreamos —poseídos por el goce del descreimiento y por una fe que obra—: ¡Amén, amén, aleluya, amén!

 

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