Cuaresma 2.0

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Es curioso, los seres humanos tenemos la particularidad de medir el tiempo en forma exacta. 60 segundos hacen un minuto; 60 minutos hacen una hora; 24 horas un día y 7 días una semana; 52 semanas completan un año, que es el tiempo que tarda la tierra en completar la vuelta al sol, que si queremos ponerlo en distancia recorrida, deberíamos pensar en unos 930 millones de kilómetros. Y con esta relación es que definimos la vida, no importa de quién sea, da lo mismo decir que he vivido 41 000 millones de kilómetros recorridos por la tierra alrededor del sol o 44 vueltas alrededor del mismo. La cuestión es que somos muy precisos, tanto que los cursos de historia se preocupan más por recordar las fechas de los distintos eventos que por entenderlos.

Pero, ¿qué tiene que ver lo que acabo de decir con la Cuaresma? Todos saben que la Cuaresma cambia de fecha cada año. La Navidad es siempre 25 de diciembre, el Año Nuevo es 31 de diciembre y la Independencia se celebra siempre el 15 de septiembre. Si todo es fijo, ¿por qué la Cuaresma cambia de fecha? Esto ocurre porque a diferencia de toda la exactitud que tenemos en el resto de fechas, aquí se toma como referencia la estación climática del hemisferio norte y la luna. Pero para marcar la Semana Santa y el inicio de la Cuaresma se debe buscar el primer domingo inmediato a la primera luna llena luego del inicio de la primavera (que sería el Domingo de Resurrección) y contar 40 días previos para marcar lo que conocemos como Miércoles de Ceniza y por eso, como la vuelta de la luna alrededor de la tierra es independiente de la vuelta de la tierra alrededor del sol, la fecha cambia. Es algo parecido a esa costumbre que tenemos de medir la distancia con el sistema métrico decimal en metros o kilómetros, pero al ir al mercado pedimos en libras o al pensar en consumo de combustible lo hacemos en galones.

Esta complejidad es interesante para analizar cómo hemos creado todo un sistema de medición del tiempo a partir del recorrido de la tierra alrededor del sol, pero para marcar la fecha más importante de la Cristiandad, obviamos siglos de estudios, contemplaciones y mediciones, y nos vamos a algo distinto. Y es así que quizás esos cambios de medición solo son representativos del cambio de conceptos que tenemos sobre nosotros mismos. La Cuaresma es época de recogimiento y meditación, por ello quiero plantear esta pregunta: si Cristo estuviera en este momento en Guatemala, en vez de hace dos mil años en Israel, ¿el papel de quién nos correspondería desempeñar? No me imagino a Cristo entrando a Guatemala por el puente Belice siendo recibido con flores por la Junta Directiva de la Cámara de Industria. Tampoco me imagino a Cristo sacando a los vendedores ambulantes de la Sexta Avenida, ni predicando en el lujoso templo de Casa de Dios. Mucho menos puedo imaginarme contar entre sus seguidores a miembros de los Rotarios o a los líderes del año de la Cámara de la Libre Empresa, teniendo su Última Cena en algún restaurante de Cayalá. Solo hay dos cosas que sí podría imaginarme. La primera es a Jimmy Morales en el balcón del Palacio Nacional, rodeado del Consejo de Ministros en su totalidad, acompañados de los dignos diputados y honorables empresarios del CACIF preguntándole al pueblo si este hombre que el último domingo entró a la capital por la Ruta al Atlántico debe ser crucificado o dejado en libertad, y me veo a mí y a mis amigos en medio de la plaza gritando “¡Pena de muerte a los mareros!”, “¡Crucifíquenlo que los derechos humanos solo protegen a los delincuentes!”, “¡Esos peludos solo vienen a dividir, lo que Guatemala necesita es unidad!”. La segunda es a Cristo crucificado en el Campo Marte y con transmisión en vivo por los canales nacionales.

Y ya con esto, pregunto: si la primera venida de Cristo fuese ahora, a Guatemala y no hace 2000 años, ¿qué papel desempeñarías en los últimos 5 días de vida de Cristo? ¿Seríamos tan hipócritas de negar la realidad de lo que somos así como cambiamos la forma exacta de medir el tiempo entre cada Cuaresma?

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Amar al prójimo…


Escrito por Heini Villela Schneebeli

Desde segundo de primaria hasta quinto bachillerato estudié en un colegio católico. Quizás una de las enseñanzas que más repetían era la frase aquella de amar al prójimo como a uno mismo. Y bueno, cuando se es niño, esa frase suena bastante lógica, más cuando aún se mantiene la inocencia y la ignorancia. ¿Cómo no amar al prójimo mientras no afecte ese mundo ideal en el que vivíamos?

Recuerdo que en la colonia donde vivía éramos seis amigos. Dos de ellos eran mis vecinos inmediatos, uno de ellos gringo, cuyos padres trabajaban en la embajada de los EE. UU. y que cada domingo sin falta asistían al servicio religioso de la Union Church. El otro, hijo de una típica familia de clase media de aquella época, donde el padre era un profesional y la madre una ama de casa abnegada, y a quien nunca le faltó tener los mejores juguetes de moda. A dos cuadras vivía el tercer amigo. Hasta ahora caigo en cuenta de que nunca entendí cómo se conformaba su familia. Nunca conocí a su mamá (no sé si había muerto, o nunca salía), tampoco entré alguna vez a su casa, sólo recuerdo que tenía un perro Gran Danés negro a quien yo consideraba, en aquel entonces, tan grande como un caballo. Entendía que su papá era mecánico o trabajaba en cosas de carros. Los otros dos amigos vivían a apenas cuadra y media de mi casa, pero fuera de la colonia, en una pequeña casa de lámina. Los había conocido porque eran precisamente los hijos de la señora que nos vendía las tortillas.

Cuando iniciaban las vacaciones nos juntábamos desde temprano a jugar cincos, hacer guerras con bombas de agua o montar triciclo en un primer instante y luego bicicleta. Era raro, pero no jugábamos fútbol. A veces, en los terrenos baldíos que poblaban la colonia, nos juntábamos llevando carritos Hot Wheels que compartíamos entre todos y hacíamos mega carreteras, cada quien agregando algo nuevo al diseño. Vaya si no construimos grandes ciudades, que entre los seis administrábamos eficientemente. Ahora que lo pienso, desde entonces manifestábamos esa necesidad de construir un mundo ideal, que sólo se terminaba cuando llegaba el mediodía y los dos hijos de la señora que hacía las tortillas debían ir a repartirlas. Muchas veces íbamos los seis a hacerlo.

Por las tardes, si no salíamos a caminar por el barranco que quedaba a un lado de la colonia, nos la pasábamos jugando en la casa de cualquiera de nosotros, menos en la del amigo del Gran Danés. Así vivíamos nuestro pequeño mundo que construimos entre los seis y, al menos yo, era feliz.

Con esa realidad, ¿cómo no iba a ser fácil poner en práctica lo de amar al prójimo, como a uno mismo?

Pero en aquellos mismos días el país estaba enfrascado en una guerra civil, aunque el gobierno nunca tuvo el valor de llamarle así, sino que prefería denominarlo irónicamente conflicto armado interno. Una gran mayoría de familias se separaron porque alguno de sus miembros participaron en uno u otro bando. Otras familias perdieron a miembros y tuvieron que migrar de sus lugares de vivienda habituales al ser perseguidos. La realidad de Guatemala era tenebrosa, una realidad que perduró por muchos años y que aún hoy, en otro contexto, queda la duda de si ha sufrido algún cambio de fondo.

Amar al prójimo… fue una frase que escuché repetidas veces y aún hoy resuena a cada tanto. Pero conforme fui entendiendo la realidad que se vivía en el país (presencié tres secuestros y un asesinato, vi los cuerpos mutilados de cinco estudiantes universitarios y un enfrentamiento armado entre fuerzas del gobierno y guerrilleros), nunca vi que hubiera molestia de poner en práctica la frase. Aún hoy, cuando hay juicios como el caso por genocidio o Sepur Zarco, aquellos que vivieron la guerra en sus burbujas como la que yo tenía en mi infancia son incapaces de verse reflejados en esas personas que fueron víctimas.

Aún tan cerca, a sólo cuadra y media, mi burbuja, mi vida, era totalmente diferente a la vida de los hijos de la señora de las tortillas. Yo recuerdo una niñez placentera, momentos que se han repetido a lo largo de mi vida, aún teniendo problemas de vez en cuando, pero nadie me robó la infancia. Convivimos durante tres años, pero al final el grupo se separó. Primero, el amigo gringo regresó a los EE. UU. con su familia. Meses después, los hijos de la señora de las tortillas tuvieron que empezar a trabajar a tiempo completo y era difícil que nos encontráramos cualquier día. Con el tiempo, el contacto se hizo aún más difícil, cuando la junta de vecinos de la colonia decidió que había que poner un muro perimetral por seguridad. A veces nos brincábamos la pared y nos poníamos a jugar. Yo no entendía por qué tenían que trabajar, pero lo miraba como si fuera un juego (seguramente ellos no). Así, perdimos la diversidad del grupo. El amigo del gran danés también se fue con el papá en calidad de aprendiz de día y estudiante por las noches. Quedamos mi vecino y yo, así que hicimos nuevos amigos, pero ya nunca fue igual. Ellos, los dos niños que pasaron de ser mis amigos a ser los niños al otro lado del muro, terminaron su infancia cuando yo apenas empezaba la mía.

Por eso creo que tengo la necesidad de contar esta historia, porque aunque pretenda no ser religioso, quizás recordando las oportunidades que tuve y que ellos no tuvieron sea una forma de manifestar ese amor por el prójimo al tener hoy la capacidad de ver mi vida reflejada en la vida de ellos, e imaginar cómo mi vida habría cambiado si hubiese nacido a 150 metros de donde vivía.

Así, sin conocer a las víctimas del Triángulo Ixil o de Sepur Zarco, mi forma de cumplir con esa frase que tanto escuché repetir, es entender que mi familia pudo ser una de las familias desplazadas o masacradas: ¿Qué sería de mí si hubiera vivido en otras circunstancias?

El sólo pensar que esas mujeres esclavizadas y violadas hubieran podido ser mi madre o mis hermanas, víctimas de un grupo de hombres que tenían poder, porque supuestamente estaban ahí para protegerlas… ¡Vaya contradicción!

Por eso, cuando veo a buenos amigos comentar despectivamente sobre las víctimas, diciendo que sólo buscan dinero con los juicios, lamento que no recuerden ese amar al prójimo, como a uno mismo, porque quizás la idea requiere menos esfuerzo del necesario y pueda bastar con ser capaz de ponerse en el lugar de esas personas y entender la realidad que vivieron. Al ser capaces de hacerlo, con seguridad, esos casos se podrán ver y entender en su realidad y contexto, garantizando que no vuelvan a ocurrir.

No supe más de mis amigos. Quizás si buscara en facebook podría encontrar a un par de ellos, pero mientras tanto sólo me queda agradecer a la vida que mi primer grupo de amigos fueron muy buenos y diversos.

Y a ellos, a Lalo, Steve, Rolando, Rodolfo y Calín, mi recuerdo y el deseo de que, sin importar dónde se encuentren, les esté yendo muy bien.

La protesta y la hazaña

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Todo inicia el sábado 25 de abril. La plaza se empieza a llenar. Mucha gente que nunca en su vida había salido a protestar, ese día llegó con una sonrisa. Cuando fui ese primer día, recuerdo haber conocido a Jorge, un vendedor de ropa que iba caminando por la sexta avenida con dos maniquís sobre la espalda para que los compradores pudiesen apreciar las prendas con mayor plenitud. Más adelante, Silvia, una niña de 11 años que vendía dulces, chicles y cigarros desde hacía tres años. Ya casi llegando a la plaza conocí a Manuela, estudiante de Farmacia de la USAC que combinaba sus estudios con diversos trabajos para poder mantenerse. Ya en el parque me encuentro a un conocido, Raúl, a quien recuerdo de la época de universidad por ser amigo de un amigo pero que desde siempre trabaja duro en la industria de ropa. Y así se fue repitiendo por semanas, luego meses. Cambiaban los rostros y los nombres, pero la protesta seguía siendo la misma. Dejando de lado a quienes iban a la plaza como vendedores, aquellos que íbamos a protestar compartíamos un mismo fin: acabar con la corrupción en Guatemala. Tomó unas semanas para que renunciara Baldetti, la Vice que con sus acciones, declaraciones y actitudes, representaba el cinismo del corrupto que mientras se llenaba los bolsillos, justificaba la limpieza de lagos con aguas mágicas que solo ella conocía. Y tomó un poco más de tiempo, pero también se logró la renuncia de Otto Pérez, el hipócrita militar que siempre se presentó como nacionalista pero que al final demostró que la única forma en que vio a la nación fue siempre como un negocio.

Simultáneamente surgió el #NoTeToca, donde Manuel Baldizón, el doctor, era visto como todo el mal del sistema encapsulado en una sola persona. Algunos pedíamos que no hubiera elecciones, porque las reglas no eran justas y que además ni siquiera se cumplían. Otros decían que sí debía haber elecciones porque esas eran las reglas de la democracia y que al no participar, solo se dejaba la decisión de quien gobierna en manos de los que venden su voto. Al final hubo elecciones y el mal, el doctor, estaba fuera. Y muchos celebraron, la plaza dejó de llenarse, dejamos de protestar y las discusiones políticas se volvieron a centrar en lo de siempre: si Sandra era peligrosa por comunista o si Jimmy era malo por militarista. Pero algo quedo repitiéndose en la televisión, en los diarios y en la radio: Guatemala había cumplido una hazaña. Y cada vez que escuchaba o leía eso, no me quedaba más que recordar a Jorge, que con apenas 26 años debe darle de comer a sus dos hijos, y que aunque no le alcance con la venta de ropa, no tiene alternativa porque es en lo único que encontró trabajo; a Silvia, que solo cursó el primer grado porque luego debió ayudar a su madre con sus ocupaciones y cuando estuvo un poco más grande le tocó la venta ambulante; a Manuela, que pasará unos años más agotada entre la combinación de sus estudios y el trabajo, y que cuando se gradúe no encontrará empleo al cual dedicarse; y por supuesto, a Raúl, que cada día debe luchar contra un mercado reprimido, compuesto por gente pobre, donde él mismo, a duras penas, logra mantener subsistiendo su negocio.

Pienso: que renuncien dos ladrones y vayan a la cárcel es lo esperado en cualquier sociedad que se respeta a sí misma. La protesta parece haber terminado, pero la hazaña, esa es la que viven cada día Jorge, Silvia, Manuela y Raúl junto a millones de guatemaltecos. Y de ellos no se habla, porque ya olvidamos que la verdadera hazaña en Guatemala es subsistir, sin importar quién seas o dónde te encuentres.