Don Rufino

EL BOBO DE LA CAJA
Andrés Zepeda
lacajaboba@gmail.com

Levanta la talanquera con la mano y al hacerlo exhibe un gesto de deleite, como sintiendo que mueve a voluntad una extensión del propio falo.

Rechoncho, embutido en su uniforme color gris con ribetes azules, mostacho de morsa, ojos vivaces, él es don Rufino, el guachimán. Trabaja turnos de doce horas en un parqueo de la zona uno. Cada tres días le toca seguir de largo hasta la jornada siguiente, y cada diez, descansa. Le pagan una mierda, pero al menos tiene chamba.

Estuvo varios meses desempleado, viviendo a tres menos cuartillo, desde que lo echaron de un edificio de apartamentos del otro lado de la ciudad, donde habita la gente de bien. En un descuido las cámaras de seguridad lo captaron, a él y a la mucama de una de las familias inquilinas, jadeando a medio fornicio en el pasillo del sótano que da a las escaleras de emergencia.

A la hora del almuerzo la muchacha del comedor de la esquina le lleva su comida y su muñeco de tortillas con fresco. Él aprovecha para lisonjearla tirándole un par de directas. Ella, púber pero no lerda, resiste los floreos en silencio, tratando de no inmutarse. Sólo la tiesura en el gesto y un leve rubor en las mejillas la delatan. Don Rufino, diablo viejo, se da cuenta en el acto. Ya llegará el momento de merendarse ese bizcocho, piensa, mientras apura las hilachas con un trago de rosa de Jamaica, relamiéndose los bigotes.

No sabe cuántos hijos tiene. Ha reconocido a cuatro. Mujeres no le faltan, pero sólo a una le da para el gasto. Posee una labia envidiable. Se jacta de ser buen amante.

Viene otro carro. Abre la talanquera y sonríe, orondo…

Anuncios

Abelino

EL BOBO DE LA CAJA
Abelino

Andrés Zepeda
lacajaboba@gmail.com

El despertador suena a las cuatro y media pero yo tengo ya los ojos abiertos y los dientes apretados. Estoy nervioso. Ayer, domingo de resurrección, venía entrando a jalón desde el altiplano pero decidí recalar en la Antigua: el tráfico demencial de vacacionistas retornando a la capital me disuadió de tomar un bus –seguramente todos, toditos, iban llenos a reventar.

A las cinco ya estoy a la vera de la autopista de salida. Pasa una camioneta, le hago señas para que pare, sigue de largo. Adentro va socada de pasajeros y afuera, arriba, no caben más tiliches sobre la parrilla.

Dos minutos después se detiene otra. Menos mal: tengo una reunión importante a las nueve y me esperan dos horas de atorazones, otra hora de trasbordos y desplazamientos a pie hasta llegar a casa, y otra más para tomar una ducha, comer algo, acicalarme y salir. No quiero llegar tarde.

Subo. Queda un espacio al fondo: donde caben dos, caben tres. Me escurro, me siento y me pongo a hablar con el tipo que va a la par. Abelino es su nombre. Trabaja como operario raso en una fábrica de plásticos ubicada al final de la Petapa.

La historia suya es también la de muchos como él, que viven en la periferia, se levantan incluso antes de lo que lo hice yo (por idénticos motivos) y día a día entran a la ciudad a hora pico, cuando todavía el alba insinúa apenas sus primeras luces.

Pienso en el montón de almas beatas, plácidamente dormidas aún, que creen y repiten y juran que el obrero es huevón y por eso hace falta apretarle las riendas y llevarlo por mal. Si supieran: tal vez no son el fuego, pero sí la mecha del capitalismo.

Guatemala, viernes 16 de mayo del 2014.

(http://www.elperiodico.com.gt/es/20140516/lacolumna/247495/)