La protesta y la hazaña

Escrito por Heini Villela Schneebeli

Todo inicia el sábado 25 de abril. La plaza se empieza a llenar. Mucha gente que nunca en su vida había salido a protestar, ese día llegó con una sonrisa. Cuando fui ese primer día, recuerdo haber conocido a Jorge, un vendedor de ropa que iba caminando por la sexta avenida con dos maniquís sobre la espalda para que los compradores pudiesen apreciar las prendas con mayor plenitud. Más adelante, Silvia, una niña de 11 años que vendía dulces, chicles y cigarros desde hacía tres años. Ya casi llegando a la plaza conocí a Manuela, estudiante de Farmacia de la USAC que combinaba sus estudios con diversos trabajos para poder mantenerse. Ya en el parque me encuentro a un conocido, Raúl, a quien recuerdo de la época de universidad por ser amigo de un amigo pero que desde siempre trabaja duro en la industria de ropa. Y así se fue repitiendo por semanas, luego meses. Cambiaban los rostros y los nombres, pero la protesta seguía siendo la misma. Dejando de lado a quienes iban a la plaza como vendedores, aquellos que íbamos a protestar compartíamos un mismo fin: acabar con la corrupción en Guatemala. Tomó unas semanas para que renunciara Baldetti, la Vice que con sus acciones, declaraciones y actitudes, representaba el cinismo del corrupto que mientras se llenaba los bolsillos, justificaba la limpieza de lagos con aguas mágicas que solo ella conocía. Y tomó un poco más de tiempo, pero también se logró la renuncia de Otto Pérez, el hipócrita militar que siempre se presentó como nacionalista pero que al final demostró que la única forma en que vio a la nación fue siempre como un negocio.

Simultáneamente surgió el #NoTeToca, donde Manuel Baldizón, el doctor, era visto como todo el mal del sistema encapsulado en una sola persona. Algunos pedíamos que no hubiera elecciones, porque las reglas no eran justas y que además ni siquiera se cumplían. Otros decían que sí debía haber elecciones porque esas eran las reglas de la democracia y que al no participar, solo se dejaba la decisión de quien gobierna en manos de los que venden su voto. Al final hubo elecciones y el mal, el doctor, estaba fuera. Y muchos celebraron, la plaza dejó de llenarse, dejamos de protestar y las discusiones políticas se volvieron a centrar en lo de siempre: si Sandra era peligrosa por comunista o si Jimmy era malo por militarista. Pero algo quedo repitiéndose en la televisión, en los diarios y en la radio: Guatemala había cumplido una hazaña. Y cada vez que escuchaba o leía eso, no me quedaba más que recordar a Jorge, que con apenas 26 años debe darle de comer a sus dos hijos, y que aunque no le alcance con la venta de ropa, no tiene alternativa porque es en lo único que encontró trabajo; a Silvia, que solo cursó el primer grado porque luego debió ayudar a su madre con sus ocupaciones y cuando estuvo un poco más grande le tocó la venta ambulante; a Manuela, que pasará unos años más agotada entre la combinación de sus estudios y el trabajo, y que cuando se gradúe no encontrará empleo al cual dedicarse; y por supuesto, a Raúl, que cada día debe luchar contra un mercado reprimido, compuesto por gente pobre, donde él mismo, a duras penas, logra mantener subsistiendo su negocio.

Pienso: que renuncien dos ladrones y vayan a la cárcel es lo esperado en cualquier sociedad que se respeta a sí misma. La protesta parece haber terminado, pero la hazaña, esa es la que viven cada día Jorge, Silvia, Manuela y Raúl junto a millones de guatemaltecos. Y de ellos no se habla, porque ya olvidamos que la verdadera hazaña en Guatemala es subsistir, sin importar quién seas o dónde te encuentres.