Casas, carros, sueldos, puntos…

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detesto conducir /detesto trabajar

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Don Rufino

EL BOBO DE LA CAJA
Andrés Zepeda
lacajaboba@gmail.com

Levanta la talanquera con la mano y al hacerlo exhibe un gesto de deleite, como sintiendo que mueve a voluntad una extensión del propio falo.

Rechoncho, embutido en su uniforme color gris con ribetes azules, mostacho de morsa, ojos vivaces, él es don Rufino, el guachimán. Trabaja turnos de doce horas en un parqueo de la zona uno. Cada tres días le toca seguir de largo hasta la jornada siguiente, y cada diez, descansa. Le pagan una mierda, pero al menos tiene chamba.

Estuvo varios meses desempleado, viviendo a tres menos cuartillo, desde que lo echaron de un edificio de apartamentos del otro lado de la ciudad, donde habita la gente de bien. En un descuido las cámaras de seguridad lo captaron, a él y a la mucama de una de las familias inquilinas, jadeando a medio fornicio en el pasillo del sótano que da a las escaleras de emergencia.

A la hora del almuerzo la muchacha del comedor de la esquina le lleva su comida y su muñeco de tortillas con fresco. Él aprovecha para lisonjearla tirándole un par de directas. Ella, púber pero no lerda, resiste los floreos en silencio, tratando de no inmutarse. Sólo la tiesura en el gesto y un leve rubor en las mejillas la delatan. Don Rufino, diablo viejo, se da cuenta en el acto. Ya llegará el momento de merendarse ese bizcocho, piensa, mientras apura las hilachas con un trago de rosa de Jamaica, relamiéndose los bigotes.

No sabe cuántos hijos tiene. Ha reconocido a cuatro. Mujeres no le faltan, pero sólo a una le da para el gasto. Posee una labia envidiable. Se jacta de ser buen amante.

Viene otro carro. Abre la talanquera y sonríe, orondo…

Creer, confiar e invertir

(Crítica radical a una columna de Estuardo Zapeta)

Texto: Heini Villela Schneebeli

Muchos son los ejemplos de seres humanos que le han puesto coraje a sus metas y las han alcanzado. Un ejemplo de esto me vino a la mente la semana pasada, leyendo las innumerables menciones que celebraban los 125 años de la fundación de la Cervecería Centroamericana, en especial la columna de opinión escrita por Estuardo Zapeta y publicada el viernes 20 de abril en Siglo Veintiuno. Comprobé el esfuerzo y los valores no sólo de los fundadores de la Cervecería sino de una buena parte de nuestra sociedad: creer, confiar e invertir.

El credo de la empresa habla de creer “en la pasión”, “en el país” y en “el anhelo de paz, armonía, aprovechamiento de oportunidades y la superación de todos”. Dudo mucho que haya alguna persona que no piense exactamente de la misma forma, sin importar su condición de clase, etnia, religión, sexo, etcétera.

Pero cuando dice “Creemos en la construcción de una sociedad unida, solidaria y generosa, que actúa con base en la verdad y la justicia, haciendo el adecuado uso de la libertad”, medito dichas palabras: Hablar de una sociedad unida, solidaria y generosa define un tipo de sociedad caritativa, cuando como liberal entendería que la sociedad unida se logra no porque pensemos o actuemos igual, sino porque tenemos el mismo objetivo de libertad y de garantías para ejercerla.

Como liberal que soy, entendería también que la solidaridad y la caridad en una sociedad sería para casos excepcionales, ya que la mejor solidaridad que puede haber en un país es la producción y la participación de todos en dichos procesos y la máxima caridad es que cualquier persona tenga acceso a un puesto de trabajo, y al hacerlo bien pueda garantizarse vivir con dignidad.

Ni la caridad ni la solidaridad, en ninguna parte del mundo, han creado producción, crecimiento económico, desarrollo o progreso. Lo que ha permitido el desarrollo en otras culturas y países ha sido el esfuerzo por producir, generando valor agregado no sólo para beneficio propio sino para pagar salarios dignos a todos aquellos que participan en dichos procesos, sin necesidad de pedir limosna o ayuda, sino mediante el uso de sus facultades y virtudes particulares.

Luego, cuando se menciona a una sociedad “que actúa con base en la verdad y la justicia, haciendo el adecuado uso de la libertad”, me nace la necesidad de realizar el siguiente planteamiento crítico y radical:

¿Cómo puede hablarse de construir una sociedad que ejerza su libertad cuando la empresa, en sus practicas comerciales, lo que hace es limitar esa libertad? ¿Y cómo un autonombrado libertario es capaz de traicionar sus principios al repetir semejante hipocresía?

Me explico:

En una sociedad que es libre, esa libertad no sólo debe entenderse como el poder expresar o pensar lo que queramos, o ir a donde deseamos, sino también el poder consumir o producir lo que se nos venga en gana, siempre que sea legal. La contradicción aparece cuando vemos que hay una sola familia manejando el negocio de la cerveza en Guatemala, a través de dos empresas: una, la que se celebra en el artículo de Zapeta (Cervecería Centroamericana) y otra, la Cervecería Río, propiedad conjunta entre el consorcio transnacional Ambev y otra rama de la misma familia que posee también la Cervecería Centroamericana.

¿Por qué un producto tan consumido tiene sólo una familia que la produce a través de dos empresas, si lo lógico en el libre mercado es que tanta demanda debería ser suficiente incentivo para que existan muchos oferentes? Podría pensar que la premisa del libre mercado no existe y que he vivido engañado…

Investigando, encuentro la respuesta: si quisiera importar cerveza de México debo pagar un arancel del 13%, si la quisiera traer de los Estados Unidos tendría que pagar un arancel del 10.6%, de Panamá curiosamente sube a 29.3% y del resto del mundo 40%, más el 12% de IVA sobre el precio más el arancel.

La verdad es que el mercado de la cerveza en Guatemala funciona como un oligopolio en el que dos empresas controlan el negocio a su antojo, utilizando al Estado para mantener esos privilegios arancelarios y evitar así la competencia, con lo cual queda restringida la libertad de comercialización, que es un derecho soberano de toda persona. Además, al restringir la oferta de marcas disponibles se transgrede también la libertad de consumo. No existe la libertad de elección, como debería ser en un libre mercado: aunque haya marcas de cerveza extranjera, su precio es inflado por los aranceles que se les imponen.

No tengo nada en contra de ambas cervecerías. Al contrario, me alegro de su éxito, pero como ser humano libre tengo derecho de escoger el producto que quiero consumir sin que nadie me lo imponga evitando la competencia. Creo en la libertad, y los oligopolios son enemigos de esa libertad; por eso, también me extraña el elogio a la hipocresía que hace el columnista, traicionando con ello sus principios.

Admiro que, varias generaciones atrás, dos hermanos hayan fundado una empresa y que dicha empresa siga funcionando 125 años más tarde, pero esa admiración no puede obligarme a consumir y pagar un sobreprecio por sus productos sólo porque es nacional. La libertad no tiene nacionalidad y los derechos para ejercerla, tampoco. Por eso, cuando el credo de la Cervecería Centroamericana expone como sus principios el de creer, confiar e invertir, lo dicho se convierte en una mentira porque la práctica de creer y de confiar se basan, precisamente, en la fe de hacer las cosas de forma voluntaria; en cambio, quien impone y limita la libertad no cree ni confía. De esa frase, lo único claro es que sí invierten… y es lógico que lo hagan, porque sólo un tonto no invertiría cuando puede manejar el mercado a su antojo coartando la libertad, imponiendo precios y sofocando la competencia.

Ciento veinticinco años es mucho tiempo. Suficiente tiempo para abrirse a la competencia, y con ello, sin necesidad de caridad, mejorar el nivel de vida de todos los guatemaltecos fomentando precios y mercados eficientes.

Después de 125 años no hace falta que vengan a decirnos que creen, confían e invierten en Guatemala. Lo que hace falta es que crean, confíen e inviertan en ellos mismos y, al hacerlo, sean capaces también de competir y ser mejores. Esas son las historias de éxito que necesitamos en este país, esos son los héroes que tanto nos urgen: gente que se arriesga y gana, no personas que, sin asumir riesgos, controlan los mercados limitando la libertad con monopolios, oligopolios y proteccionismos arancelarios y que, para colmo, lo presumen como si se tratara de un gran esfuerzo.

El futuro es incierto y lo admirable es cuando los seres humanos desafiamos esa incertidumbre, confiando y creyendo en el porvenir. Cuando se tiene la certidumbre del mercado (manipulándolo a través de monopolios, oligopolios o prácticas proteccionistas) no hay mérito en el éxito que se tenga. Algo así no puede servir de ejemplo porque no existió el riesgo ni la fe y mucho menos la confianza para lograrlo.

Ojalá que esta celebración de los 125 años de la Cervecería Centroamericana se convierta en un aliciente para que sus propietarios empiecen a creer en ellos mismos, y ojalá que como sociedad exijamos mayor apertura a la competencia para acabar con los privilegios y proteccionismos, porque solo así seremos eficientes y productivos, y en un futuro, una sociedad próspera y verdaderamente libre.